Correspondencias y otros mitos

Pablo Sánchez Silva

Comme de longs échos qui de loin se confondent
―Baudelaire

Como ellos

Me estoy marchando solo, como ellos
también solos un día se marcharon.
Todavía estaréis aquí unos años.
Vosotros que sabéis que así me muero,
nunca dejéis de sonreír un ápice,
aunque la náusea os cabalgue el vientre
o el vientre se encabrite en el recuerdo.
Y no tengáis envidia de mi marcha:
Ellos tomaron su propio camino,
no os penséis que, por irme, voy con ellos.

Miseria primera

Me hundo en este pozo de miseria,
la miseria diaria de los hombres.
Y me echas de menos, no me llames:
no quiero caridad, ni tu consuelo.
Me quiero hundir como la vida hunde:
solo, sin dignidad y sin remedio.
Así quiero esperar los tristes días,
los tristes días sin amor ni cielo.

Conciencia de objetor

Garraf, 9 de febrero
En tu pecho recuerda mi mejilla
a menudo el fragor de la batalla,
ruido de cascos, silbidos de lanzas,
y la curva del cielo, otras noches.
Recuerda en el rumor de tus latidos
las hileras de cuerpos enfriándose,
gritando en la estocada con sus ojos
muy abiertos; y luego, un espasmo.
Corté las trenzas de mis sienes antes
de conocer mi boca tantos besos.
Me quitaste las grebas, la coraza
en esta misma tienda, ¿cuánto hace?
¿Cuánto llevamos ya en este desierto?
Que me busquen si quieren, tú tranquila,
en la arena de Libia los amantes
son espejismos, dos granos de arena.
Vuelve a abrirme tus piernas como fauces
que el frío vuelve a acariciar la tienda.

Ma�ana

Hoy soy alegre porque sí, por ganas.
Mañana pisaré de nuevo el suelo.
¡Mañana! ¡Hoy enorme gozo último!
Últimas músicas. Últimos besos.
Devuélveme en tus brazos el crepúsculo,
ardan las naves, quememos el cielo.
Soplemos las estrellas de ceniza,
deshojemos las horas de lo eterno.
No agotes este instante del señor,
mañana a trabajar, mañana tedio.
Me invitas a acostarme ya cansada…
No hay mañana, ni noche luego.

En los bosques y pe�as de Corc�

En los bosques y peñas de Corcó,
en el arrullo verde de su fronda,
follamos levantando a cada rato
la cabeza, por miedo a que nos vieran.
La afanosa bajada por la roca
aferrando las manos en los troncos
o apoyando el descenso en las raíces
como si fuera la última vez.
Cuántas últimas veces recorrimos
la garganta del monte hasta la sombra
que hicimos nuestra hasta quedarnos secos.
Cuando asomaba el vértigo en tus ojos
acallabas el cauce de los ríos
y la débil caída de la lluvia.
De tu boca salía un bosque entero
de murmullos y trinos, de rumores
sin norte ni caminos ni retorno
y quisimos volver y no pudimos.

Como una puta

Como una puta, te acercaste anoche,
ni en celo, ni mojada, ni el placer
te movía entre sombras hacia mí.
Fue un deseo tan humano, tan práctico
como el deseo de extender la pierna
y encontrar algo más que tanta sábana.
Y te acercaste a mí, como una puta,
regalándome un gesto tierno, dos,
una caricia en la entrepierna, dos,
y así, de dos en dos, como una puta,
olvidaste las horas con gemidos
y amaneciste, por no hacer mudanza,
como una vieja sola y puta triste.

Las ruinas

En este poblado ibero
hoy retumban las cortezas,
deshace el viento los muros
que yacen, toscos, por tierra.
Al sur se inclinan los pinos
y en el mar su verde mezclan,
entre sus muchas agujas
los rayos tibios se cuelan.
Otra vez voy paseando,
otra vez subo esta senda.
Así paseaba yo,
mi andar doblado en la arena,
demasiado endomingado
para el color de la escena.
Le flameaba la falda
de flores entre sus piernas.
Quiso contarme su estado,
yo me subía a las piedras
o buscaba en el mar barcos,
buscaba sus blancas velas.
Quiso cogerme la mano,
noté su sombra muy cerca.
Me senté en el yacimiento,
ella me miraba atenta.
Recuerdo que le temblaban
los rizos tras las orejas.
La veo ahora en el banco,
ese banco de madera,
y el cielo y el mar tan amplios
tan azules y tan cerca.
Entonces no quise verlo,
no quise tener conciencia,
ha sido el peso del tiempo
lo que me ha hecho darme cuenta,
que tanto egoísmo mata,
que mata tanta miseria.

Hay algunas ma�anas guillenianas

Hay algunas mañanas guillenianas,
el vigor de los montes, de los árboles,
el cielo límpido, las nubes blancas,
que me hacen ver el mundo hermoso, cálido.
Me olvido de las gentes que lo pueblan,
del torrente podrido de egotismo;
los ojos asfaltados, se me olvida.
Salgo al balcón y no miro hacia abajo,
a la calle frenética de coches.
Busco en el horizonte un trozo verde,
una orilla sin casas, una loma
virgen y plácida. Salgo, respiro.

La hija de Alc�noo

Dicen que el padre estaba medio loco
y de la madre nada se sabía.
La hermana todavía era muy joven
como para saber de su demencia.
La mayor de las hijas me encontró
tumbado frente al mar una mañana.
Nos estuvimos viendo varias horas
y luego nos hundimos en el agua.
Nadamos y nadamos como nutrias,
trenzando nuestros miembros en las olas.
Tenía unos volúmenes fantásticos:
se fue nadando, se agarró a una boya
y se estiró tan larga como era.
Batía con los pies, chapoteando,
manteniéndose a flote con las piernas,
yo me allegué hasta ella muy despacio
y me aferré a sus hombros con las yemas.
En el puerto, a lo lejos, se quedaron
el cíclope cegado por el sol
y la piara de amigos de otra época.
Sonaban las sirenas tras los barcos,
creí oír la voz de la hechicera.
Dividía las aguas, las abría,
me dejaba envolver, me deslizaba
auscultando la mar, mirando el cielo.
Ella jugaba cerca de las rocas
a saltar los briosos oleajes
y allá me fui, ansioso y elevado,
a sujetar su glotona marea.
Esos pechos rotundos, admirables,
se abrieron a mis labios y a la luz
tras perder el bikini entre las olas.
Oscurecimos dunas y amasamos
nuestra piel desbocando nuestros besos.
Cruzamos sin saberlo la frontera,
nuestra parcela de algodón morado,
ungidos por el sol, por el esfuerzo,
y a cada vuelco, con cada arrebato
se adherían, punzantes, piedras, conchas,
que dejaban su marca, que rasgaban
aquel solaz de cuerpos rebozados
(velas hinchadas surcando los vientos
y manos blancas recogiendo nácar,
mientras manos más jóvenes se hundían
en las blandas arenas, penetrándolas,
cavando fosas, levantando puentes).
Se alzó, por fin, a sacudirse el cuerpo.
Perplejo, la seguí con la mirada.
Recordé cuántas veces me ayudaron
a sacudirme el pecho y las espaldas
con las últimas luces de la tarde…
Fui también a enjuagarme, pero quise
sofocar el calor nadando un rato.
Luego volví la vista hacia la arena:
estirada en la orilla, tierra dura,
brazos abiertos, algas en el pelo
y el oleaje por su piel tan blanca,
el oleaje entre sus blancas piernas.
La fiel Penélope, allá en su patria,
teje y desteje, tapices y mantas.

La b�veda

Orión tumbado sobre las antenas
―me dijiste con esos ojos tuyos
de maullido nocturno―.
Se ha quedado dormido y esas ninfas
le han robado la espada.
A duras penas pueden entre todas.
¿Las puedes ver ahora, en el carro?
Descansan. Tienen que tener cuidado,
se puede despertar
―no dije nada, escuchaba atento,
sólo seguía el viaje mirando
adonde señalabas con el dedo.
Casi las pude ver
corriendo con la espada,
saltando alegres entre los luceros―.
Ahora se han parado
y la han dejado oculta en un arbusto,
hay un arpa muy grande
y se pelean todas por tocarla,
¿las oyes?, cantan ―debe ser la lira,
recuerdo que pensé―. Dos se han subido
al lomo del dragón, y ahora bailan
―creo que algunas de aquellas figuras
nunca las distinguiste,
el cobre de las calles
acechaba al retablo,
les daba un marco sucio, turbio, triste―.
Ese centauro quiere ir tras ellas,
tiene su flecha de oro cargada,
pero el bastardo de Zeus lo retiene,
lo coge por la cola
con tanta fuerza como el otro pisa
hundiendo sus pezuñas en el cielo
―Sólo faltaron coces por los aires―.
Ungido en plata, quien nos trajo el fuego,
acude a la algazara de las ninfas
mientras Andrómeda llora en su casa
―pobre Perseo, tan casto en sus días…
Aquella confusión
me perdió por completo,
al retomar el hilo―…
Él la acaricia con un lirio ciego
―recuerdo una gotita
confundirse en tus labios―,
Ella lo anega en sonrisas y besos.
Una miríada de ojos lucientes
son testigos de Tauro coronado.

Los impasibles

Al clamor despiadado de los filos,
de los filos mellados de sus bocas
sonrientes, sarcásticas, mordaces,
llenad vuestros estómagos vacíos,
bebed un largo trago de su cloro.
Ellos, si pueden, no lo dudarán:
os acometerán donde más duele.
¡Sin piedad! ¡Devolvedles la sonrisa!
Su excitación se crece con la rabia,
nunca dejéis que corra su veneno.
El beso de la espada duele igual,
pero más duele mirar con franqueza.

El andamio

Yo me crié debajo de un andamio
escuchando poemas descarnados,
maravillado de vuestra honradez.
Yo empecé como muchos empezaron,
como empezaron ellos sin saberlo,
desahogando pasiones con palabras,
levantando fachadas de papel,
encofrando metáforas antiguas.
A mí también me gustaría estar
borracho para verlas doblemente
y quisiera el lirismo de obra vista
para escribir poemas más humanos.
Con estas manos delgadas y blandas,
pequeñas, nunca pude encaramarme
a las alturas épicas del verso,
a las ternuras que les confesabais.
Y esas muchachas, culitos hambrientos,
que se escurrían con la frente alta
creyéndose afrentadas por el tono,
luego caen en los brazos elegantes
que sólo sirven para llevar libros.
Esas chicas, sudando chocolate,
andando airadas bajo el sol de la tarde,
no entienden la franqueza emocionada
de vuestras roncas voces de ladrillo.
Si no están dichos entre luces leves,
entre tenues susurros, no querrán
un novio feo para compensar.
Yo no tengo el lirismo de obra vista
y he conseguido, con mis falsos versos,
esas mujeres que vuestro entusiasmo
no supo engatusar.
no supo engatusar.Somos distintos
solamente en la forma de decirlo.
Somos distintos en lo más auténtico:
la palabra desnuda como un eco.

Los �vidos

Yo los he visto sucumbir a veces
en tus lánguidos brazos como un verso
al amparo de saberse tuyos.
Mueren sus días por llevarte dentro,
mueren sus noches por que les ofrezcas
el dulce fruto de tu carne abierto.
No conocen el último bocado
amargo como un soplo de locura
que encontrarán al borde de tu cuerpo.
Yo los he visto sucumbir a veces
llevándote del brazo sonriendo,
con las cuencas vacías y cruzando
salas cargadas de lacias sonrisas.
Yo los he visto, sí, forjando el hierro
con sus vientres hinchados como un grito,
como un globo de vísceras y sueños.
Esos hombres trasnochados, lunáticos,
venderán a su madre cuando lleguen
(blancas) las horas, la voz, del deseo.

Romance imposible

Me dijiste en tu vernácula
tristes palabras de hiedra;
tristes, colgadas del muro
en tu vernácula lengua.
En aquel tiempo no pude
grabar en aquella piedra
algo más que nuestros nombres
durante la larga espera.
Hoy podrían ocurrírseme
―los años, la experiencia―
palabras, frases o versos,
podría grabarla entera.
De los mundos te han llamado;
de una u otra, u otra esfera
querías ser, por el miedo,
dime tú, ¿quina por, nena?
Sé que cuando yo te hablaba
―mi pierna sobre tu pierna―,
de estío nada, verano,
mi voz te tronó muy cerca.
Sé que mi acento cantaba,
porque soy de otra madera
―madera de olivo y roble
en tus escamas morenas―.
Intuías que en mi casa
no creemos en banderas,
no en vano dijo mi padre
que indican por dónde tiembla.
Sentada entre tus amigas,
entre cantos de habanera,
el ron quemado, toallas,
tumbado sobre la arena.
El eco de tus susurros
suena como el trigo suena
al silencio de los campos
que mece la primavera.

Quer�a despojarme desta vida

Quería despojarme desta vida,
de sus cosas que son y no parecen,
de sus lánguidas voces que adormecen,
deste frustrado andar sin más salida.
Y no has querido verme en mi medida,
en mis muchas flaquezas que florecen,
tampoco cuando todos apetecen,
¿qué es lo que temes tú, tan escondida?
Vivir y lamentar, morir queriendo,
así habrás de llevarme cuando suenen
los últimos latidos y el estruendo.
Podrás ver que las lágrimas me llenen
los ojos, las mejillas, la camisa;
verás también que queda una sonrisa.

Biling�ismo o diglosia

En tu pecho vernáculo mi lengua
festejaba el contorno espeso, blando,
y alcanzaba fonemas inaudibles.
Como un tambor africano retumba
tus muslos se salieron de los goznes
y gemías vocales tan abiertas
como ancho es un río sin orillas.
En los registros del estándar culto
me mantenía yo en aquel garito.
Tu boca, de hojas encendidas, rojas,
perseguía afanosa nuestra charla
buscando un claro o un resquicio limpio,
que no dejamos nunca que encontraras.
Sin percatarte, con toda inocencia,
al acercarte para tomar algo,
posaste el pecho encima de la barra,
una cesta de fruta, una ofrenda
de flores derramadas por tu cuello.
Igual que sube la muerte a las torres,
bajé yo a tu cabaña aquella noche.
La poca luz que reposaba en torno
mantuvo oculta, entre densas sombras,
la maraña de objetos y de ropa.
Como no suelo despertarme pronto
me dejaste algo dicho en una nota,
pero tampoco suelo los latines,
ni lenguas muertas o gargantas roncas.

Albada

Y gime con insidia, tan feroz,
la hora concertada de a diario.
Alzaos, mi amor,
Lo busca el chico (ciego), y bosteza
la muchacha saliendo de la cama.
que llega el alba.
Coge el batín, lo anuda a su cintura
cubriendo su desnudo y la esperanza
Alzaos, mi amor,
de repetir en breve espacio aquello
(suspira) que duró otro breve espacio.
que llega el alba.
A la luz de las sombras, lentamente,
iza una media, dulce y rutinaria.
Alzaos, mi amor,
"La claridad ya cruza la persiana,
levanta de una vez y haz el café."
que llega el alba.
"Vida mía, no quiero levantarme,
el suelo está tan frío… no es la hora…
Alzaos, mi amor,
Ésa es la claridad de las farolas.
Anda, vida mía, vente a la cama."
que llega el alba.
"Levanta que ya pinchas con la barba
y eso sólo significa una cosa.
Alzaos, mi amor,
Y volverme a meter para tan poco…
tus besos son muy breves, vida mía."
que llega el alba.
"¡Espabila! ¡¿Has visto qué hora es?!"
y ruge las persianas. El muchacho
Alzaos, mi amor,
se retuerce debajo de las mantas
mientras la chica doma sus cabellos.
despunta el alba.

Soneto mudo

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Balada del carro b�varo

canción de cuna
Hinein, hinein, que vienen, que han llegado.
Un silencio de paja por las cuadras
lejanas.
Han venido en la noche, y han dejado
sólo el heno
de las caballerizas.
Han venido en la noche de los bancos
con los motores cargados de níquel
y avaricia.
Schlaf, mein Liebe, Hacienda somos ellos,
y nuestros campos, nuestra siega,
suyos.
Schlaf, schlaf un sueño aquí a mi vera.
Duerme en sus bridas blancas
un sueño sin bandera.
Hinein, hinein, que traen su rodillo
de cascos y piafidos,
que por los cables del teléfono
ya se acercan,
ya se acercan.
Hinein, escucha ya sus alas
batiendo la victoria sobre el cielo.
Cuatro caballos blancos
que beben mar del norte,
cuatro corceles negros
que comen nieve y miedo.
Hinein, mein Liebe, por tu vida.
Traen abrasadas las aguas de Europa
y en una copa
suenan las horas.
En sus lanzas y estacas, ondeando,
los cordones del Dirndl y la asfixia
rebosante del Dirndl.
No te pongas un Dirndl,
si te cogen, mein Liebe, si te prenden
no te dejes ahogar el pecho,
que no opriman tus senos
con un Dirndl.
¿Oyes? Ya están aquí,
ya somos ellos.
Pero no temas, ya termina todo.
El puerto de Hannover arderá
esta noche.
Respiraremos Brötchen y alquitrán,
quemarán nuestras playas
cuatro caballos blancos,
salarán nuestros besos
cuatro corceles negros.

Paseaba Juan Bolero

Paseaba Juan Bolero
por los Cerros de la Arenga
―primavera de sus días,
temporada de la siega.
En un cruce de caminos
vio a una serrana morena
con el paso muy alegre
y ajetreando una cesta.
«¿Adónde vas, muchachito,
adónde vas por la sierra,
no ves que no encontrarás
allá arriba más que peñas?
»Mi cabaña está en la umbría,
allá en mitad de la senda
que baja a los tiernos pastos
de las rústicas haciendas.
»Mi marido está en el valle
pastoreando las bestias,
tengo el puchero en la lumbre
y no tengo quien le atienda…»
«Sabe bien, doña lozana,
que acompañarla quisiera,
pero a su señor marido
no lo conozco siquiera
y dudo que él tenga el gusto
―yo por él no lo tuviera.
»Descuide, que de comida
tengo la bolsa bien llena
y aún en este momento
tengo bien firmes las piernas,
y si ahora voy abajo
y me harto de meriendas,
a la tarde, bien servido,
habré cargado flaquezas
para subir el camino
en la hora en que anochezca.»
Y así siguió Juan Bolero
su camino por la sierra
―primavera de sus días,
temporada de la siega.

Danza macabra

A Felisa
Aún no es tierra, humo y polvo, sombra;
y si será la tierra, poco importa.
Fulgores y lamentos, en la caja,
un millón de cristales negros
cubren las lágrimas.
Áridos azadones
están llamando a casa
(azada tras azada)
llaman y dicen voces, suenan, llaman.
Velan murmullos fuera. En la sala
el ahogo de un rostro.
Más adentro en los bancos de la calle
fuman.
Y un suelo acuchillado de miradas perdidas
espera en cada esquina.
Aún no es tierra, polvo y sombra, nada,
y un velo negro alzándose en el cielo,
el velo que nos queda de su cara.
El humo sube, tímido.
Entre el romero, callan.
Nadie se mira mientras sube el humo.
Sube y sube.
Algunos fuman. No han dejado nunca
de fumar.
Otros se abrazan en silencio.
Se abrazan.
Traen coronas de bálsamo.
Traen sonrisas de lata.
Aún no es tierra, sombra y nada, polvo,
quieren que dance al viento
entre las flores
bajo los olmos.
¿Nos queda su memoria?
Permítame la duda.
Quieren llevarla a Montserrat
fuman y fuman
(su última voluntad).
Aún no es tierra, nada y nada, sombra,
la sombra de su polvo,
la sombra de su sombra.

No son como el coral, como la rosa

A Alba
No son como el coral, como la rosa,
tus labios, tus mejillas; no es tu frente
nevado espejo, nieve reluciente.
Si oscureció el sol, no es desdeñosa
tu melena castaña, ni ambiciosa
suena al pasar tu planta sin simiente;
y te prefiero así, tan sonriente,
mi alegre cascabel, mi tierna esposa.
Quien dijo venablos o lagunas
y se dejó anegar entre saetas
no cabalgó en tu lecho de batalla;
por eso tanto llorar, por eso calla,
por eso son sus rimas importunas,
porque no hay en mi amor trucos o tretas.

Esta edición de Correspondencias y otros mitos se ha imprimido desde www.pablo.poderna.com el día 15 de junio del 2017.