Las cavernarias

Pablo Sánchez Silva

Los himnos de M

I
Esas guirnaldas de escarcha, cebollas
arrancadas del llanto de un cabrero,
que se pudrieron en los grises muros
de una cárcel cualquiera, se murieron
con anhelos tardíos de objeción,
entre sueños de indulto se murieron.
Las paredes selladas de humedades
a cal y canto, lapidando el tiempo,
esas eternas paredes tan negras,
esas paredes que no cruza el viento.
Enfangadas trincheras en noviembre,
resecas en agosto, floridas de muertos
todos los meses; amigos o hermanos
todos los meses, y todos tus versos
uniendo a los hermanos de la sangre,
erguido frente a ellos, tembloroso,
levantando, pagano, más que un templo,
encomendando al viento la palabra
(el pecho ardiendo, la garganta clara)
predicando entre las armas con ejemplos.
Con la voz desterrada, con la pena
de muerte en las espaldas, sigues, sigues
el mundanal ruïdo de la guerra.
Con la luz de tus hijos, sigues, sigues
a la oscura política de fuera.
No hay lamento, no hay culpa, ¡nada!
Fue necesario un hombre que tuviera
la valentía de gritar “¡ya basta!”
II
Los días pasan; los años, pasando,
pasan. Pasan penando; penan, penan
y pasan.
Él, todavía entre sus muros, sus muros,
muros y muros, siempre negros,
siempre muros aquellos negros muros
sin una tibia ventanita con
unos dulces barrotes por los que
el viento se llevase el aire oscuro
el aire viejo el aire denso el aire
y luego el aire el aire, ése, siempre
la misma bocanada el mismo aire
del día en que llegó. Ya nunca grita,
nunca nunca, porque el grito retumba,
sólo se tumba y cierra los ojos
hasta que todo se calma como una
tumba.
A veces, siempre en la litera, siempre,
procura recordar lo de allá fuera
pero no puede porque se le vienen
visiones de los muros y visiones
de una playa de cráneos en el suelo
y el furioso esqueleto del silencio
y el esqueleto del amor y el de
la carne derramada y el
esqueleto del hambre el esqueleto
del silencio otra vez y fíjamente
lo miran con sus cuencas negras y
con sus cuencas vacías, fíjamente,
lo miran uno a uno el esqueleto
del hambre del silencio el esqueleto
del amor de la carne derramada
los esqueletos cogidos y juntos
bajo el cielo arenoso del sepulcro
cantando una vieja jarcha,
aquel delirante ensueño
que golpea su memoria;
el luminoso recuerdo:
entre las flores, su esposa.
Flor de marzo, flor de abril
dime si volverá a mí.

La leyenda de F

Quebrados de llorar, de tan cansados,
dejaron de mirar el campo inmenso
y retomaron el camino a casa.
Supo entonces que no regresaría,
paró sus pasos, se volvió un momento,
quería dar un último vistazo.
Lo acogió la ciudad en su bullicio,
el viejo río con sus barcos viejos.
Sus verdes sienes, siempre orgullosas,
pasaron como dos ramas de sauce
y entre pies, entre pasos, se perdieron.
De vez en cuando alzaba la mirada:
nadie en los atrios, nadie en los balcones.
Al llegar al hogar, rocoso sueño,
no lo esperaban su mujer, sus hijos;
no le extrañó, quizá no se dio cuenta,
pasó a su cuarto y escribió sonetos.

Dante le escribe a su amada

La fantasía trajo con su tiento
la embriaguez que fue y ya se ha ido.
La sombra del amor, o su vestido,
puso su empeño, intentó su intento.
Y puede ser que no sea el momento,
aunque te lo parezca, nada pido:
te estoy besando un beso que no ha sido,
breve, imaginado como un cuento.
No siento culpa de hallar alegría
en lo de ayer, no puedo concederlo,
y si fuera al revés, triste sería,
y no puedo decir, expresar eso
como quiero, tampoco resolverlo,
sólo sé, sólo pienso en ese beso.

Los trancos de F

Miré los miembros toscos de la patria
tuya; sus calles llenas de tus agrias
pullas; tu lengua envenenada, vieja;
tus pasos rotos, cuando no entre rejas.
Diablo claudicante, triste, torvo;
undoso caminante, curvo, loco;
del polvorón sediento de tus versos
salvamos uno hoy, el ceniciento
que es poco más que humo, que recuerdos
sin respuesta; un sueño de poetas
de anteayer, de mañana; un lamento
de nacer con mortaja y morir
con pañales, a solas, sin sustento,
en un irónico rincón cualquiera.

From P to C

Vendrá callada, sola, por la espalda.
Tendrá esos ojos que encontraste un día.
Se cerrarán las horas y los años.
Se acabará la noche en su piel blanca.
Alzará los talones un instante,
apoyando en mis hombros sus dos manos.
Un susurro, su voz, con tus palabras,
aquellos versos tuyos; pero antes
el solitario verso que has callado.
Como llegó se marchará, descalza.
Los gatos maullarán en el tejado.
No la recordarán, tampoco el aire.
Descenderemos juntos la garganta
y le devolveremos la sonrisa.
Luego, hermano, aullaremos sangre.

Las teclas de C

Un jinete polaco cruza el bosque
(los abetos altísimos de Schumann)
y cruza la espesura de la noche:
lleva un recado de Lodz a Varsovia.
Cruza piano plazas empedradas
con sordina de cascos y herraduras,
cruza vivace sendas insondables,
cruza y cruza una fuga sin retorno.
Ha cabalgado todas las praderas y campos
entre bemoles, fusas, corcheas y más fusas,
todas las avenidas y todos los caminos
mordentes inferiores y colinas agudas.
El caballo relincha un trino sostenido,
un trino inaguantable de unos veinte compases.
Debería hacer noche, alargar las cadencias,
pero cruza febril y en la corte lo esperan.
Lleva unas partituras, lleva un himno,
una nueva mazurca para el pueblo.
Azota a su corcel, lo azota, lo azota;
nubes oscuras, o cielo sin luna,
cargadas de estridencias, y fusas y bemoles.
El caballo aplasta tónicas y mediantes,
tónicas, dominantes, salta zanjas y octavas.
Cae la nieve a pedal, y caen calderones,
entre los altos abetos de Schumann
infinitos abetos, graves abetos, fusas y bemoles,
y más y más abetos, el galope de Schumann,
melodía de acordes y la nieve a pedal y la risa de Schumann
y el caballo sudando, y el jinete sudando, y la nieve a pedal,
más nieve y más abetos, más fusas y bemoles, más y más y más…
En un piso convulso de París
George Sand le pone paños en la frente.

La ballena de J

Don Jota, Erre, Jota, ballenero
recorre la cubierta caoba, su despacho,
aspirando la brisa, tan pura, tan salobre.
Las olas se desmayan a su paso
y él, con el oleaje, se desmaya.
Atrás dejó las flores, los jardines,
hoy sólo son lejanos recuerdos infantiles.
Ya la dama de noche no puede embriagarlo,
ya no pueden las sombras esconderlo
para llorar a solas sus nostalgias.
Surca los mares con angustia y fe.
Los surca y surca en busca de su blanca ballena.
En su despacho mide, una a una, las leguas;
y en su despacho, legua a legua, huye
su sueño, sin saber a dónde fue.
Teme perder con la fuerte galerna
el espumoso rastro de su cola hermosísima
y a veces en la noche, entre sueño y vigilia,
cree conocer coordenadas y rumbo,
pero siempre se funden en sus sienes tan tiernas.
Despierta cuando suena la triste campanilla,
al alba, con los pocos marinos de la guardia.
Otea la mañana gris, y grises las olas,
y siente que no llega su esperanza:
atusa con nostalgia su barba encanecida.
Ya nadie sabe cuánto tiempo hace
que dejaron atrás los mundanos cetáceos,
los cetáceos carnosos, los húmedos titanes,
y en la tripulación corren rumores
de un tesoro en su estómago gigante.
Don Jota sabe bien qué es lo que alberga,
lo sabe a ciegas, mudo enloquecido,
y sabe ―deseante― lo que quiere:
en su vientre vivir, como Jonás,
su vientre enorme, su vientre florido.
Pasea misterioso catando el horizonte,
repasando una idea, cabizbajo y muy serio,
ajustando su párpado hacia un turbio secreto.
Despliega el catalejo un solo instante
y pone el vidrio donde el mar se rompe.
Lo guarda nuevamente, duda y lo despliega,
lo guarda y lo despliega, la duda complaciente,
e inspecciona las olas con demora,
la demora que sufren los amantes
cuando el sol de su vida no se enciende.
A una hora cualquiera de la tarde
desde el castillo de proa sonaron
gritos de avistamiento.
Jota Erre Jota, los ojos en ascuas,
arrolla la cubierta, lanzando por la borda
a un marino interpuesto en su deseo.
Confundida entre las espumas blancas
resopla sin temor a los vigías.
«¡Todo a estribor!», un canto, no una orden,
y sigue con su acorde henchido el pecho,
«¡En ti quiero vivir y hacerme verso
en el jardín de tus blancas entrañas!»
Jardín de su locura, jardín de negras malvas.
Enrosca el brazo en uno de los cabos
más recios de la amura de estribor
exponiendo su cuerpo a los mares y al viento.
Y su barba decrece, sus ojos lagrimean,
si será por la brisa, si será por su aliento.
Montan los ballestones ―artilugios
de su propia invención― y lanzan
unos arpones gruesos con la punta encendida,
que iluminan el mar y su ansia iluminan;
pero caen en las olas, en las olas, las olas.
«¡Allí resopla!», gritan los marinos,
pero nadie lo sabe a ciencia cierta
mientras siguen surcando, torpemente y a ciegas,
y cruzan a remolque de una idea
los confines del mapa.
Siguen iluminando el cielo negro
y el mar, reflejo de flechas de plata,
enarbola las mechas que lo surcan doradas
encendiendo su rastro y avivando su pecho
y comienza animado a arrojar otros cuerpos.
Los pocos arponeros que le quedan
temerosos se suben a los botes:
reman estremecidos, y reman con alivio.
Reman no saben dónde, remando a toda prisa.
Don Jota permanece en la cubierta.
«¡Quédate ahí, memoria de los dioses!
¡Oh jardín oceánico! ¡Espera!
¡Engúlleme y ocúltame en tu cúpula!
¡Somos tú, somos yo! ¡Somos estrofa pura!
¡Poema puro! ¡Somos dios!»
Cuentan que trascendida, su imagen hoy ya muerta,
sigue surcando océanos buscando su ballena.

El jard�n de S

Descorres las cortinas del salón
y abres el ventanal que besa el patio,
un jardín boquiabierto, lo llamaste,
un eco mustio en esta aciaga hora.
Acostados los niños, todo queda
inmóvil y en silencio, en penumbra.
Sentada bajo el sauce, abrazada
por su gruesa y oscura soledad,
esperas a que tu marido llegue
de cualquier recital de poca monta.
En un rincón, la sombra de tu padre
y sus palabras de ciprés severo,
sus ojos yámbicos, breves y largos,
sus manos tensas y su tez serena.
El día va cediendo levemente.
No ha vuelto Ted, ni volverá esta noche.
Como un recuerdo de no sabes cuándo,
como un eco marino, los jazmines
van soltando su aroma de veneno
y te echas de bruces en la hierba
para tapar su olor y oler la tierra;
poco importa el vestido, poco el pelo.
Entre los setos aparecen muecas,
burlas agrias, el eco de las risas,
de las copas, y el hálito del sexo.
Y se va descolgando del granado
una enorme y madura, roja angustia.

A L (en su niebla)

¿Qué quedó del amor, qué del olvido?
Sé que se lo has dicho con el viento, con las nubes, con el tiempo.
Te lo digo sin versos.
Sé que se lo dijiste en la mejilla, en el cuello y de rodillas.
Todos sabemos por tu bigote tan ínfimo, por tu cruce de piernas tan cerrado,
lo que escondías bajo la suela del zapato.
Rozaste las hojas del arbusto y rozaste su vello púbico.
No nos importa si te agazapabas o te encaramabas a su pecho,
o si era demasiado joven para ti o si
era un animalillo en celo protegido por los guardabosques.
No nos importan las lagunas frías de tu mente, como no nos importa el deje inglés,
el ritmo clásico, la flacidez
de tu mano derecha.
Nadie se enmarañó entre la brisa como tus versos
(apenas recuerdo las palabras en tus versos).
Nadie bajo el sol supo la tonalidad de la furia de tu pluma,
nadie encontró las huellas de tu ritmo.
Nadie quiso seguir tu camino salvo
los nadies que quisieron un 'yo' que fuera nadie,
que fuera un reflejo sin sí mismo.
Inventaron un personaje llamado 'yo'. Un personaje que no existía,
porque no sabían de su envergadura,
los pobres bárbaros,
los muy nacionalistas.
Sólo sabían de lieder y de baladas y de bordones y de ruinosos sentimentalismos.
Tus versos miran con desprecio el grosor de la gramática.
Te lo digo sin versos.
Tus versos que disecaste para que no pudieran embalsamarlos los críticos.
Tus versos
(tan pulcros).
Mirar las tapas de tus libros de versos
(te lo digo sin versos)
es esperar en la consulta del dentista.

La quimera de Vulcano

Sus amigos nacieron en octubre.
Y regresó al calor artificial
de la calefacción y de las mantas.
Corrió desde su cama hasta el taller
llevando con cuidado
aquel regalo extraño
de latitudes índicas u oníricas.
Su mujer, distraída,
lo miró por encima de los muros
de una antigua novela bizantina.
Después de tantas leguas
le habían revelado aquel secreto.
Procedió, yesca y brasas, en los hornos.
A base de pulmón y fuelle
y fuelle y más paciencia
caldeó sus infiernos y demonios,
en la fragosa danza de la forja
que riega con la sangre de su fragua.
Arduos trabajos de hierro colado
para arropar vidrieras de colores.
Abruptos caballajes nebulosos
para sembrar la duda de las luces.
No encofró bien, o no era de metal
aquel capricho que evaporó el agua.
Subió a la torre, arrollando frascos,
probetas y otros útiles de alquimia;
se abalanzó al estrecho ventanuco
y gritó: «¡Natitud de natitudes!»
Abajo, en la calle,
asomaba el invierno con cautela.

A N, con nostalgia

he encontrado unas palabras
tuyas en unos poemas de Pessoa
las he borrado sin leerlas casi
era un libro de mi padre
sé que no le gustaban las anotaciones
recuerdo cuándo las escribiste
también sé que no te importaría
tú tal vez me entendías
también encuentro mi caligrafía
torpe entre otros versos
jugábamos a los intelectuales
o tal vez lo fuéramos
no sé qué es más ingenuo
fuimos tan estúpidos
que sólo anotamos los poemas
de "Pessoa"
y desechamos otros
magníficos
de
Álvaro de Campos
Ricardo Reis
Alberto Caeiro
y ni siquiera reparamos
en
Coelho Pacheco
echo de menos que no
hiciéramos más anotaciones
así podría borrarlas
me estaría un buen rato
borrándote
pensando en ti

El �ltimo beso de G

Un diván ceniciento de Madrid
y una tenue nostalgia sevillana.
Un hombre ya maduro reclinado
sobre una chica: labios entornados,
facciones de cristal y ojos azules.
En su tierna mirada de muchacha
reflejados su rostro, serio o triste,
vivos los ojos, la barba fornida.
Las ventanas les silban el invierno
y un leve y repentino escalofrío
eriza las cortinas.
La espesa cabellera desplegada
sobre sus cándidas ensoñaciones.
Las chorreras, la blusa y sus botones;
los volantes, la falda y sus mejillas.
Sus labios, sus mejillas, su nariz.
Sus senos y sus hombros y sus labios.
Mientras leía en braile sus enaguas
¡una sombra una pústula una costra!
Se abalanzó a sus ojos con terror,
se le rasgó el vapor de la mirada.
El brillo tácito de sus retinas
le reveló la oscura noticia.
Millares de picadas de telégrafo
corretearon por su calavera
con un vil traqueteo de resina,
y sin poder soportar la tortura
se alzó de entre sus brazos escupiéndole
una mirada al borde de la náusea.
Desesperada, le ofreció su cuerpo,
su vergüenza velluda humedecida.
Por todas las rendijas de su boca
sintió que hervían gusanos negros
haciéndose camino entre su carne.
El tiempo sollozó rocas de granito
allá en su cordillera milenaria.
La historia, impertérrita, siguió
observándolo envuelta entre sus nieblas.
Día tras día, preso en su buhardilla,
dejó que transcurrieran las semanas
tan sólo con la ayuda de su hermano.
Le traía de comer, le cambiaba las sábanas.
Aquel estrecho piso se quedó
por completo a merced de la penumbra.
Una mano cualquiera le cegó los espejos,
otra enterró los viejos retratos bajo mantas.
El tiempo se inclinó sobre sus hombros
con todo el peso de sus grandes alas.
Algún velón rasgaba la ceguera
de su lúgubre alcoba, estrecho tanatorio.
Una tarde la fiebre se presentó en su cuarto.
Eran más de las doce.
La aburrida lujuria se entretuvo
mostrándose con forma de muchacha
trocando sus tentáculos por fina cabellera,
cubriendo sus escamas vejigosas
con piel virgen y plácida.
El musgo de sus órbitas reptaba
amarillo, buscando su pupila,
y el laurel de sus sienes penetró en su cerebro
como raíces de cera caliente.
Lujuria se sentó al pie de aquel camastro.
Le siseó palabras de otro tiempo.
sus nidos a colgar
Se las flotaba como un humo extraño,
como una bruma espesa y fantasmal
que lo cercaba y le envolvía el torso
sus nidos a colgar
hasta enroscarse en su lánguido oído
con un eco chicloso
sus nidos a colgar
Logró esquivar las dementes visiones
―el acento perpetuo de sus versos―
apretando los dientes, a tientas, con tropiezos.
Las calles rebosaban noche.
Un reflejo estival, febril, candente,
envenenaba sus ojos agudos.
Se apretó las solapas contra el cuello
y echó a andar por las calles solitarias.
Un silencio polar de ventisca iracunda
acallaba sus pasos.
La fiebre le acechaba detrás de las esquinas
con sus ventosas de goma caliente
para arrancarle el último latido.
Pateó, tranco a tranco,
callejones angostos y plazas asfixiantes,
jugando, llamarán
tropezando en el fango,
encaramándose a la compasión
del vuelto transeúnte
jugando, llamarán
o cayendo hacia el beso en la mejilla
del suelo adoquinado
jugando, llamarán
hasta caer rendido en una fuentecilla
de canto gélido y chorro abismal
ésas… ¡no volverán!

La cripta de G

La cripta de G
Noches zurdas y viejas correrías
en un sótano-piso adolescente,
noches desparramadas, verborreicas,
las orejas alerta, la nariz
puntiaguda y certera,
los dedos como zorros alborotan
las faldas más bien cortas
de las alegres páginas de alguna
jovencita gramática europea.
Todavía las ves con claridad,
paladeas la nada en ese cuarto
kenosis… sí, ¡kenosis!
Te desgajas del ser y de los seres.
Podría ser mañana, mas el exceso
ha madrugado hoy, ha sido ahora,
ha sido ahora la dura kenosis.
¡Kenosis!
Te jactas de tu humor de bisturí,
tu belleza también se ha desprendido
del ser que auscultas en el fino azogue.
Ahora ves como en una película
todas tus críticas y tus ensayos,
kenosis como un río, kenosis como un virus.
Pero no hay marcha atrás, tu raciostruosidad
preclara e incisiva lo marcaron:
kenosis por los vidrios, kenosis en la alfombra.
Te paras ante un duro y afilado
retrato de mujer, te sangra tanto,
kenosis, tanto, porque
amas a la mujer incluso por encima
de la mujer, ¡kenosis!
Te abocas a la puerta que te queda:
el botiquín detrás del espejito,
el pavesiano gesto malversado.
En todas partes triunfa la kenosis
y triunfan en el suelo
algunos blísters deshojados.

A K, hombre de perfil

Es por estos pasillos,
los pasadizos blancos donde la pena absorta
y el secreto del cáncer contemplo ensimismado,
donde me acuerdo
de tus nocturnidades y de tus grandes mármoles.
Siempre te tuve un gran respeto de pirámide
hasta que anduve a oscuras tus secretos demóticos,
tus pórticos de jaspe llenos de jeroglíficos
que callan de repente cuando son renombrados.
Es por estos pasillos
como aquellas callejas sucias.
La tos resuena en esos callejones estrechos,
una tos hueca y sorda, unos acordes lentos,
grutas de voz sin público, grutas de úvula negra.
Y como Edipo vagas por esos callejones,
añorando tu reino, tu inocencia truncada.
Te fantaseas hijo de Afrodita y sus dones,
y la veneras donde puedes, allí en la plaza
y en el hostal aquel de las camas por horas.
Es por estos pasillos
con el perfil que vuelve de tu tiempo
y ocultan el amor en el deseo
donde contemplo al fin los formularios de horas
que rellenaste entonces en la delegación.
Es ahora también en estos callejones
de mi vida ya tuya donde te tengo brazos,
donde lo mismo dicho de vuelta ya de ti
se vive con los hombros gachos, como entendiendo
la plenitud del joven, la plenitud del cuerpo
y por qué hipotecaste tu amor por unos táleros
de sexo en tu memoria para hurgarla de viejo.

Los ojos de P

Una r�plica enjuta y desva�da,
tus se�oritas blancas, eternas se�oritas,
se�oritas cualesquiera de los tiempos posibles.
Suena en la radio Bowie for one day,
nos sentimos con fuerzas de seguir tu mirada
la vida hecha cartones we could be heroes just
por el hecho de estar rompi�ndonos el �nimo
ante tus se�oritas en su templo de aristas
y so�amos abrir un nuevo templo al mundo,
abrir este cart�n de vino ya vac�o,
abrirle las aristas, los churretes rojizos,
lamer y guarrear con las gotas que quedan,
pintarle putas nuevas, pintar putas del tiempo,
la que marca los goles y vende zapatillas
o la que endosa dulces preferentes del banco
o la que le hace informes al jefe sobre el resto;
pero we could be heroes y nos van m�s villanos,
y dejamos el brik en el suelo tirado
just for one day.

A vision of P

Va en busca de la imagen exacta, de los versos
auténticos, certeros, prepara la tormenta:
el descenso secreto a su inframundo.
Pero detrás del mono y de la cáscara,
debajo de los nudos de Jung y de sus vísceras,
encuentra el yo, osado, delincuente mental,
el que grita los versos de la vergüenza, los
versos que no se pueden decir ni murmurar,
y se los grita sin piedad sobre sus huesos.
Vuelve, se vuelve, huye.
Se declara tres días en fuga sin retorno
hacia la superficie del día, del sofá.
Porque escribir sería declarar la ignominia,
enumerar los cargos, las facetas prohibidas.
Y cómo va a irle después a su mujer,
a sus hijos, a sus vecinos, a su madre,
en el trabajo y en el café de la esquina,
se abrirían las togas y las tintorerías
cualquier día del mes, a cualquier hora.

From P to P (again)

La verdad te supura por los ojos
y no puedes, no quieras, evitarlo.
Poeta, te devoran tus pupilas.
Pasarías sobre ellas tantas veces.
Les censuras la polla a tus alumnas
aunque te busquen, aunque se insinúen.
Pasarías sobre ellas tantas veces.
Les censuras tu carne, te censuras
miradas, te censuras opiniones,
miedo del gas y miedo de los líquidos,
miedo a los átomos que hay en la voz,
a las moléculas de los cerebros.
Pasarías sobre ellas tantas veces.

Esta edición de Las cavernarias se ha imprimido desde www.pablo.poderna.com el día 15 de junio del 2017.