La leyenda de F

Quebrados de llorar, de tan cansados,
dejaron de mirar el campo inmenso
y retomaron el camino a casa.
Supo entonces que no regresaría,
paró sus pasos, se volvió un momento,
quería dar un último vistazo.
Lo acogió la ciudad en su bullicio,
el viejo río con sus barcos viejos.
Sus verdes sienes, siempre orgullosas,
pasaron como dos ramas de sauce
y entre pies, entre pasos, se perdieron.
De vez en cuando alzaba la mirada:
nadie en los atrios, nadie en los balcones.
Al llegar al hogar, rocoso sueño,
no lo esperaban su mujer, sus hijos;
no le extrañó, quizá no se dio cuenta,
pasó a su cuarto y escribió sonetos.