El jard�n de S

Descorres las cortinas del salón
y abres el ventanal que besa el patio,
un jardín boquiabierto, lo llamaste,
un eco mustio en esta aciaga hora.
Acostados los niños, todo queda
inmóvil y en silencio, en penumbra.
Sentada bajo el sauce, abrazada
por su gruesa y oscura soledad,
esperas a que tu marido llegue
de cualquier recital de poca monta.
En un rincón, la sombra de tu padre
y sus palabras de ciprés severo,
sus ojos yámbicos, breves y largos,
sus manos tensas y su tez serena.
El día va cediendo levemente.
No ha vuelto Ted, ni volverá esta noche.
Como un recuerdo de no sabes cuándo,
como un eco marino, los jazmines
van soltando su aroma de veneno
y te echas de bruces en la hierba
para tapar su olor y oler la tierra;
poco importa el vestido, poco el pelo.
Entre los setos aparecen muecas,
burlas agrias, el eco de las risas,
de las copas, y el hálito del sexo.
Y se va descolgando del granado
una enorme y madura, roja angustia.