Cantos moledanos

Pablo Sánchez Silva

CANTO I

Moledo y su silencio de payeses.
El aire ahogado propio de sus calles,
propio, tetas al aire, corazón
despierto, de sus límites callados.
Sus trigos vírgenes y su maleza
salvaje en los solares enrejados.
Los niños, entre restos de palés
y tejas y tochanas juegan (sueñan)
el mismo sueño que tuviera Malla
escondido en su torre de Gallecs
esperando al heraldo del Abad.
Un aire pegajoso entre sus carnes
―de niños tiernos y morenos―
que buscan fundamento a su cabaña
entre clavos aviesos a la sombra
de unas hierbas silvestres, de unas zarzas.
Malla esperaba en un rincón los cascos
de un caballo en el puente del arroyo.
No conocen, su fervor inmaculado,
el brillo retorcido y acechante,
gastado, de la punta de jeringa
(el chute que quizá soñó el Galea).
A pie de la torre, la mujer de Malla
ahuecaba la paja de sus camas,
ordenaba mechones de su moño,
sofocaba los grillos del verano.

CANTO II

Sueñan un feudo sin diezmos afilados,
sueñan sus tierras sin arduas sequías
en nombre de la fe.
Sueñan ―y no lo saben― las farolas.
Sueñan el pino grueso y largas sombras
recortando los hábitos sagrados
del feroz monasterio inmaculado
de Sant Cugat. Azada tras azada.
Sueñan, soñaron.
Cruza nocturno quietas avenidas,
sombras grises plantadas de farolas,
farolas yermas carentes de flor,
farolas mustias carentes de fruto.
Seiku aprieta el pedal,
sus chanclas de piscina desgarradas,
alto y nudoso, manglar africano.
Apacenta su huerto con el alba,
María, con las débiles y blancas
luces del alba. Malla todavía
duerme en lo alto hasta que empiece el canto
del gallo.

CANTO III

Seiku, secretamente agradecido,
deja caer sus ojos cartoneros
en picado a los pies de su señor.
Clavan maderos en el grueso tronco,
uno tras otro en la gruesa corteza
del olmo solitario. Clavan, clavan,
enormes gotas de sudor con cada
clavo, cerca de las primeras ramas.
Fantasea las flores del almendro.
Atares, su hija mayor, lleva un gran
jarro con agua en la cintura, lleva
un aroma de trigo en las mejillas.
La ve bajar por el camino seco
y ve a María junto al pozo, joven,
la misma cabellera suelta, negra,
y aquella brisa cargada de almendros.
Seiku asume el rastrillo y las tijeras
de la poda; las hojas y las hierbas.

CANTO IV

Subidos a la vieja higuera en busca
de higos tempranos o de verdes brevas,
su leche blanca, pegajosa y dulce.
Se balancean como simios jóvenes
bajo el crujido seco de las ramas.
En el Camí de Bandolers se espesa
una nube de polvo de caballos,
aprietan hacia el puente del arroyo.
El césped y el zumbido entrecortado
del cortacésped. La piscina negra
que refleja unas nubes aceitosas,
nocturnas, negras,
y un sol de bronce, ebrio y desvaído.
La señora ofrecida al sol, la hija,
sus cabellos dorados como perlas
doradas, el bikini y la pamela
blancas; y los contornos, mies descalza.
En su lengua de entonces se dijeron:
"¿Y su marido?" "Arriba en la torre."
"Que baje en nombre del Abad." "Está
muy enfermo. Descansa." Desmontó
sin añadir palabra. "Yo lo aviso".

CANTO V

Entre las zarzas descubren la muda
de la culebra, la más grande que ellos
hayan visto. La cuelgan en las ramas
como un trofeo, sacan dos tochanas
que colocan fingiendo ser dos postes,
luego fingen la tierra hierba, luego
fingen una barrera. Chutan faltas.
Sólo recuerda la Fiebre, las deudas.
La Muerte reclamándole su grano,
sus capones. La Muerte con un hábito
de esparto y una cruz de piedra blanca.
Y la Fiebre sentada, silenciosa,
a los pies de su cama,
envuelta en un sudario verde musgo
y una mirada larga y amarilla,
unos pies oxidados como azadas.
A través del estrecho ventanuco
entran las quejas de su hijo menor.

CANTO VI

En la noche caldosa, el enjambre
de calor pegajoso se le cuelga
del aliento, le encharca los pulmones.
Pedalea pesadamente, frena
lo mínimo, por no perder la inercia.
Las duras cuestas; y el pedal, tan rígido;
y el asfalto, volcánico; las luces,
exhaustas; el pedal, duro; las piernas
melladas.
La carretera al fin le da un respiro:
arcenes anchos y bajada libre
para llegar a casa, llegar al
sueño.
En el portal, esperan; en los bancos,
esperan; en la calle en los pasillos,
esperan; en la plaza en el rellano,
esperan en silencio que una leve
brisa se lleve ese verano hostil.
En el salón sus compañeros ven
la tele, son titanes en penumbra,
piel de madera, narices de pera,
fláccidos ojos de carnero asado
y largas manos, setos invernales.
Acaban de dejar su cama libre,
puntualmente. Seiku se recuesta,
la piel le huele a brizna.
Las sábanas, lechosas y calientes,
deshechas;
la almohada, tibia y húmeda; la noche
va derramándose por la ventana.
Oye el grillo metido en el colchón
de los vecinos, los densos gemidos
de ella, y el grave silencio en manada.

CANTO VII

Moledo siempre. En cada solar
y en cada fuente.
En cada charco en cada esquina en cada
rostro. Moledo. De La Conrrería
hasta los Pinatones.
Malas hierbas y un pozo de rebuznos.
El cielo es más azul en cualquier parte.
La estrechez de la niebla. Moledo siempre.
"Veire, amigo, ¿qué haces por aquí?
¿Quieres alfalfa?". Veire enmudecido,
se friega inquieto las manos, se friega
el cuello. Todos callan nuevamente.
Oyen el gallinero, oyen el
arroyo. "Traigo malas, Malla, traigo
un rumor de Moledo: los Mollet
quieren comprarte tierras." El arroyo
continúa su réplica incesante.
Oye su torre derrumbarse a sus
espaldas, las espaldas de su padre,
el lomo desollado de su abuelo.
Las rocas de su nombre, las espaldas
dobladas de sus hijos bajo el feudo
de los Mollet. Gandolf quiere decir,
Gandolf quiere actuar, pero los gélidos
miembros del padre se lo impiden.
No saben dónde está Italia, ni otros límites,
pero en su boca negra intuyen, sienten,
el medio de un camino hacia el infierno.
Y sus ojos, sus ojos (No responde).
Dejan a un lado el reloj digital.
Palpan la tierra anisada, sus yemas
hurgan la tierra arcillosa buscando
los otros dedos, el final del túnel.
Mira sin la mirada los bancales.
Mira, ve, sus payeses arrendados.
Mira el camino de cipreses, mira
el caserón de Bannalocha, mira
y mira y mira, borracho de angustia,
en lo más alto de su torreón.

CANTO VIII

Las chozas secas del poblado seco,
negras, deshechas, arruinadas, pobres.
Las ramas alargadas como un moco
negro y débil, las cabras alargadas
como pezones viejos y gastados.
Se oye correr la arena del arroyo,
la sombra del arroyo y el murmullo
blando de la sequía.
Pastan las vacas escuálidas, cantan
las calaveras blancas de las vacas,
a coro, junto al cadáver del mono:
"Sémola, sémola, te arrebatarán
la tierra, la tierra, pero no podrán
arrebatarte la muerte.
Sémola, tu poblado ya no vive,
sémola, sémola, toda tu estirpe.
Sémola, sémola, tu negra choza,
sémola viva, rama y sombra."
De nuevo en su colchón de todos ellos.
En el grave silencio, con sus manos
huecas lo zarandea lentamente.
Seiku lo mira. Mira su nariz
negra y madura, la boca en penumbra,
la leve luz de la calle en su frente.
Va al comedor a despegarse el sueño
de la piel, de los párpados, se sienta
en el único hueco sin cojín
del sofá. Los demás, sus compañeros,
sus caras de ajedrez bajo la lámpara,
cuentan monedas y billetes, cuentan
los gastos de la compra de mañana.
Ve sus caras de gárgola, sus dedos
ciegos como gusanos, torpes, lentos,
reptando entre los números, las cifras,
que escapan ante sus ojillos pálidos.
En el rostro bestial de las monedas,
en las estrellas y perfiles, brilla
una mueca, la risa del banquero.

CANTO IX

Se las arrenda a dos tercios, a dos
tercios de producción, saben que es ex-
cesivo, saben que sepultará
su casa en un océano de mies,
que colmará sus silos de culebras.
Los Mollet, a caballo, ya se marchan.
Ricolf y Gangalot rabian cuchillos
contra unas ramas secas; su mujer,
sus hijas, se retiran en silencio.
Gandolf, estupefacto, mira el oro
que saciará las rentas del Abad.
Malla cierra la bolsa, cerca el puño
alrededor del cuello de la bolsa.
Atares saca el cántaro vacío
ceñido a su cintura, toma el paso
colina abajo, a las charcas verdes
de los Parets. "No te entretengas, hija."
"No te preocupes, madre."
Malla no sabe qué es una hipoteca,
como tampoco Italia, pero siente
el mismo erizo agudo en su gaznate.
Sólo sabe que Dios y sus ministros
le han gravado su ley y sus designios.
Se elevan en los campos las canciones
de remensa, rondando los oteros,
farfullando en los pinos del camino.
Recuerda la masía de su suegro
y a María en el pozo, niña aún,
trenzando y destrenzando sus cabellos.
No recuerda los versos de su canto,
sólo la ve mover los labios.
Se desgañita la sesera por
recordar su canción, por recordar
su voz de niña que repetía el pozo.

CANTO X

Las viejas, negras, verjas del viejo Legionario
y los muretes grises y el eco del verdín,
con garras de cristal, con alambre de espino.
Pasan la vista lenta, como el clac-clac de un palo,
pero no osan tocarla, y aguantan el aliento.
Huyen despavoridos ante la cruda imagen,
la retorcida imagen de Cristo en la pared
y su humillada corte de rojos feligreses,
balones perdidos que rezan a sus pies.
Pasan de largo y toman la acera de la Rambla.
Sortean a las viejas, los plátanos, los bancos,
derrapan en la esquina que embiste hacia la Plaza.
Las bicis reclinadas en las enormes losas,
pedestal y escalera de la fuente orillada,
de un lado, de las mesas y sillas del Marfá.
Se sacian en los grifos donde cuentan que perros
se han saciado antes que ellos, antes que nadie, antes.
Las fuentes de la calle, todo el mundo lo sabe,
la inauguran un perro o el alcalde en su nombre.

CANTO XI

En las charcas de Parets
bebiendo te encontraré.
En las charcas de tu casa
me arremangaré las faldas.
Atares sueña y canta, canta un sueño
donde su boca es dulce entre sus labios.
Ellos sueñan las chicas de los pósters
en la peluquería de la esquina.
Malla no sueña, sólo vive, sólo
carga el temor oscuro de su tiempo.
En una rama baja la sorprende
un pajarito azul, su bisbiseo.
En el pájaro, todo el aire es vuelo.
En las charcas de Parets
bebiendo te encontraré.
Todo en su memoria tiene un tufo agrio,
una bruma viciada y venenosa.
No sabe desprenderse de la angustia.
Su hija, mientras tanto, baja alegre,
sus pasos tararean su canción:
En las aguas de tu casa
me arremangaré las faldas.
Exprimen sus miradas en los pósters,
las frotan como manos, como bocas,
sobando sus rincones satinados,
sus cuerpos fantasiosos y sus ropas
cortas y estrechas, sus melenas
cardadas como nubes rubias, rojas.
En las aguas de tu casa
me arremangaré las faldas.
Le aprietan las paredes, yugo y carne,
caudal angosto y hojarasca negra,
entre sus mudos muros, solitario,
entre sus crudas vueltas a los muros.
A lo lejos, suena el campanario.
La imagen se termina en el escote.
Las sueñan melindrosas, apacibles,
repletas de algo blando que no saben.
En las charcas de Parets
bebiendo te encontraré.
Vuela holgada en sus saltos la hondonada,
vuelan sus ojos buscando la orilla,
canturrea mimosa y con sus alas
bate su voz en dulce hacia la casa.
Un eco grave, de otra voz y tono,
le devuelve sus versos acabados:
el eco de él, sus tientos, sus sabores,
sus latidos enormes y sus pasos,
y el olor de la hierba entre las flores.
En las aguas de tu casa
me arremangaré las faldas.
El cristal, importuno, les impide
besos desesperados y magreos
rurales, primitivos, inexpertos,
y un incipiente calor genital
implora rebelión entre las sombras.
Sus miradas se beben sus miradas
y sus ojos se aferran a sus ojos
y las manos apenas si se tocan
y el cántaro ha rodado hasta la charca.
El chico busca una palabra, y ella
espera esa palabra ese chasquido
repentino, la piedra contra el agua.
Un grito del padre la sorprende
y en vano busca el cántaro a sus pies.
En las charcas de Parets
bebiendo te encontraré.
En las aguas de tu casa
me arremangaré las faldas.

CANTO XII

Nubes como rebaños espesos de compresas.
La señora en su espléndida ligereza de blusa,
de camisola abierta, asomada al balcón.
Un día callarán mis versos, tal vez sea
un día triste, quién sabe, las circunstancias
habrán de silenciarlos, borrarán su sentido.
La señora, sus piernas perfectamente blancas,
fuma despreocupada, más allá de su casa,
más allá de su todo, del jardinero negro
que escruta entre sus piernas su coño de señora.
Los callarán sin nada, no harán ni dirán nada,
estos versos que acaso resuenan en Moledo.
Las faldas de su blusa flotan ligeramente
entremostrando apenas las espigas rizadas.
Sus ojos no conocen el pudor de Occidente
y en su barrio no saben humillar el deseo.
Mir segundo tampoco conoce los pudores
ni falta que le hace. Va trotando cañadas
poseyéndolo todo con su dura mirada.
Estos cantos que yo los quisiera sonoros,
adheridos al polvo, a las rocas villanas
como un estigma negro, como un Moledo siempre,
los llevará una inercia gris y monstruosa.
Un calor parrandero de siesta sudorosa.
Seiku angosta los setos con las grandes tijeras,
con la densa labor de podar el verano.
El aire convertido en rama dura y seca,
el mismo aire graso que en el balcón se endulza
y se estremece suave entre sus firmes piernas.
Ya se fue la niña larga,
la mañana de San Juan.
Los que quieran olvidarla,
aunque quieran, no podrán.
Mir campea los bosques de pinos de Gallecs
ondeando la cresta de su orgullo feudal.
Arrastrado al calor, su caballo, trotón,
ahoga entre las secas agujas de los suelos
sus cascos sin sazón, sin son, sin ilusión.
El muchacho se apea, buscándose reposo
en un tronco vencido en el lecho arenoso.
Imagina una presa que le engarfie los ánimos:
un alegre conejo, una orejuda liebre.
Los sudores lo embarcan en la grave modorra.
Ya se fue la niña larga,
la mañana de San Juan.
El sueño o la cigarra le traen una canción
que no es de los payeses, ni de pesada siega.
Entre los trinos pochos y la sorda autopista
se quedarán mis cantos, que quisiera con eco.
Con la aguda pericia del cazador ansioso
acude al verso dulce que acaso fantasea.
Atares a los vientos, Atares con su ofrenda,
el agua fresca y clara de su voz de campiña.
Mir, del ansia de la carne del todo embrutecido,
repta hasta el pegajoso trono de la vileza:
anuda su caballo a la rama de un pino
y espera en los arbustos que orillan el camino.
La quiere suya como quiere suya la hacienda
de su buen padre el día que se la legue toda,
y azuza su entrepierna con un rito de sátiro.
Abre las puertas negras de su tosca perfidia,
pero al segundo Mir le traicionan, de pronto,
músculos y tendones, encelado en las sombras,
y sólo puede verla marchándose a casa.
Ya se fue la niña larga,
la mañana de San Juan.
Los que quieran olvidarla,
aunque quieran, no podrán.

CANTO XIII

Las vestales del tiempo se han dormido sin sed,
y cuatro sacerdotes sin cabeza
sacrifican la momia de la siesta
en los engalanados altares de Nihil.
Por las calles cabales se festejan
la procesión de botijos sin sombra
y las trompetas sucias del climatizador.
Seiku malgasta el turno de colchón
pensando en nada, removiendo sábanas,
pateando los hierros mezquinos de la cama.
Ellos deducen juegos absurdos y masocas
sobre las losas negras de un portal (el de Jaime)
o contemplan la asfixia del semáforo
y la vigilia inútil de los telefonillos.
"Padre no puede decidir por todos."
Compiten con los radios de las bicis.
"Padre rige sus tierras como quiere."
Sergio ya gana tres veces seguidas.
"Mientras Padre, por muchos años, siga vivo
nosotros no diremos."
"Yo heredaré la tierra y he de velar por ella."
Ahora compiten a aguantar la mano
sobre las escaldadas losas negras.
Por las calles cabales se despeña sin frenos
una secta de grallas y de tambores de muertos.
Sergio alza orgulloso el rubor de su palma.
Gandolf quiere decir, sólo los mira,
palpa la ira agreste de Ricolf
y el impasible curso del arroyo.
"Ellos llevan la culpa." Gandolf sueña la grupa
del caballo de Mir. "Y ellos la pagarán."
Por las calles cabales se fermentan
sombras descapulladas y coros de espardeñas.

CANTO XIV

Cualquiera que pasee por Moledo
podrá oler el rebuzno torrefacto
por sus parques vencidos y sus ramblas grises.
¡Oh, Moledo trufado
de las bocinas negras del cáncer en la plaza!
¡Pletórico Moledo! Tú que has visto
las infecundas cosechas de ofertas
y el silencioso gas de las descargas.
Tus aires encharcados ya anegaron
los pulmones de Malla y de sus hijos
atrapados por siempre en tus rotondas.
El flexo le recorta la figura
pringando con su sombra la pared:
sus dedos largos y facinerosos
y su nariz, recuerdo de la usura.
Él, tan señor, no sabe dónde queda Moledo;
sólo sabe que allí malvive el negro
en una encinta y gorda madriguera.
Seiku se allega al banco con sus largos compadres.
No saben lo que fue la Mauritania.
No saben quiénes fueron los romanos.
Pero tienen clarísimo que son
moros. Tienen clarísimo el odio
ancestral. Tienen largas cicatrices
que lo atestiguan.
Saben el nido de bocas pequeñas
que esperan en la casa, que pueden mantener,
las boquitas paridas de una amante esposa
que pudieron traer consigo.
Él macera su vientre ante los portones
oscuros de la envidia
en la estancia más alta de su torre.
Regurgita egagrópilas de anhelos,
deseos consumidos por el tiempo.
Él, tan señor, imprime unos cálculos
dudosos, unos cálculos mediocres.
Sueña las fallas valencianas, sueña
unos arroces libres de ecuaciones,
libres de la impostura de la ley.
Es la séptima noche en el despacho.
Por la Avenida Rívoli trascienden los sudores.
Marchan sin tregua hasta los bancos sucios.

CANTO XV

Se tumba sobre el heno: me ahogan estas tierras,
este mismo horizonte. Ellos han encontrado
en el suelo, vencida por el tiempo,
una peseta vieja, con un rostro
extravagante, gordo e indescifrable.
Sus ojos regurgitan enramadas enteras
de moluscos sin seno, de playas sin océano.
Nunca ha pensado apenas. Se le acaba el camino.
Siempre ha sabido que hay días y días,
y nada más que días, mañana será hoy,
y hoy tras hoy, mañana será hoy.
Una sangre de otoño, una sangre una sangre,
como un enjambre de semen oscuro,
se agolpa tortuosa, una sangre de otoño,
afilada y oscura.
Las costras del invierno arrastran quejas
en el largo sermón del río.
Ya no quedan más días para hoy,
ya no hay más hoy para mañana.
Llevan sus camisetas de Romario.
Sus camisetas de anchas franjas azul y grana:
las llevan con orgullo;
con el orgullo ajeno de sus goles.
Pero se encuentran de pronto al maestro
―El Rafa―
y se les hiela el pecho de aritmética:
un dolor de cuaderno de verano
les tortura el estómago.
El brillo artificial de la ventana al mundo,
porque tras el cristal es la lluvia de siempre,
la lluvia que no llega apenas a Moledo, esta lluvia delgada
―esta lluvia esta lluvia―,
que se traga esta tierra porque pagan la cuota.
Volveré a ver Moledo, volveré a pasear
entre los pinos secos,
por entre los caminos derrotados.
Volveré a las terrazas de la Rambla
a saludar de pronto a conocidos
de los que no sabía nada ya
y volveré a luchar con las hormigas
que se atrincheran en el fregadero.
Malla pregunta al cielo: por costumbre,
por la extraña costumbre de evitar a los muertos.
Pregunta no muy alto, porque no tiene claro
a quién va preguntando.
Y de pronto: la nada. Oye escucha: la nada.
Y pregunta de nuevo, pregunta con más ímpetu
y se apoderan dél las vestales del Cero
y las cuentas bancarias de Shanghai;
los afilados arcos de cada interrogante
le acechan el gaznate;
y pregunta, pregunta
ya no en silencio, ya una tromba de gritos,
una tromba de voces
entre la espada y la pared,
la pared y la nada.
Suena el himno del Cero
y los adoradores de Nihil
queman los calendarios, los relojes,
por su vientre sin tiempo.

CANTO XVI

Vagan las fiebres por el aire turbio
devorándolo todo, impregnándolo
todo, la estatua raída en la Rambla,
las figuras cansadas en los parques.
Sueña. Se toca y sueña.
Se toca y casi palpa el seno grueso
lleno de maleficios tributarios
de una vedette que sólo él conoce.
Él ha estado en Italia varias veces.
Ha visitado muchas catedrales,
ha tomado café en la Piazza Spagna,
ha catado a las hembras del Trastevere,
ha leído los títulos de las obras
en los Uffizzi: Rafael, Tiziano.
Alguien lo retrató ante la columna
de Trajano. Y así y todo no sabe
Italia. No conoce, no la siente:
ni los malditos del puerto de Nápoles,
ni los zurdos gentiles de Palermo.
Ve al Señor montado en la capilla
cabalgando los rostros humillados
con los dedos jugando a las pistolas
(no conoce la frase proverbial)
y le ve en la amargura de los labios
un recto pulso de ultratumba:
SED LEX.
Se pregunta, acaso se cuestiona,
el orden natural de las esferas
cerrando el universo en su diámetro.
Y sale de la ermita con los otros,
se cala el gorro rojo que estrujaba,
vuelve a casa torcido más que antes.
La génesis lasciva desta Europa
empapa el continente con sus tubas
de la victoria germánica (sordina:
han tejido las reglas en la noche).
De pronto el trote de un caballo firme
y otro caballo, a lo lejos, sale
con su trote al encuentro del primero.
Se agazapa en la sombra de la higuera.
Oye acercarse un tropel de caballos,
y los oye piafar hasta la puerta
del todo a 1€. Baja trajeado
un chino menudito. Con el móvil,
con un toque preciso de su móvil,
el maletero, la persiana, se abren.
Seiku lo observa atónito.
Seiku descansa sobre un banco duro,
de grandes tubos fríos de metal
de la Rambla, que al menos le refrescan.
Piensa en su traje, su corbata a juego,
y en todas las rayitas verticales
de la camisa, promulgando el SED
LEX, que conoce bien.
Observa al gato, lacio, vago, sobre
la tierra, que a su vez observa atento
el trasiego menudo de la boca
de un hormiguero, con gran interés.
Y lo ha visto correr tras los ratones
y cae entonces en la oscura cuenta
que no se puede pronunciar jamás,
que SED LEX, que no osa ni pensar.
Me he castigado muchas noches, largas
noches sin horas; noches sin consuelo.
Me ha perseguido la más cruel envidia,
me ha trasnochado vivo.
He surcado un rincón de entre mis sábanas
y no he encontrado más que noche negra,
más que el calor sobado de mi cuerpo.
Enfila una columna, poseyendo
sus casillas desnudas, sus funciones…
Desata un sumatorio ¡¡∑!! lo observa…
ahí está, a todo brillo, máximo
contraste, la vedette de sus ensueños.
La desnuda despacio, celda a celda.
Se toca, claro que se toca, cómo
no hacerlo, ya la tiene entre sus dedos,
ya la ve, ya descubre su figura,
ya descubre sus hombros y sus senos,
ya descubre en su ombligo la igualdad,
la madre del cordero, la ecuación
(se toca, sí, se toca) que resuelve
todo, sí, TODO. Suda, se despeina,
sonríe viendo ya todos los ceros
que se le vienen, uno y otro y otro…
y precipita su erección salvaje
sobre las negras teclas.

CANTO XVII

Todo esto, a toro pasado, a trompeta
pasada, es un canto muy largo y amarrado
en los altares blancos, disparado entre solfas,
disparado en la diáspora de solfas y bemoles,
es el canto del bobo que olvida su cantar,
que se olvida de Malla, que se olvida de Atares,
porque el próximo canto será el "de los encuentros".
Pero este canto es otro, el de solo mi Moledo,
disparando torpezas contra mí mismo, contra
la etiqueta que puse o que otros me pusieron,
bregando, tecleando, una vez y otra vez.
He buscado en el Google, no mato mis demonios,
creo demonios nuevos. Un pazguato con cara
de dromedario ha hecho églogas, o eso dice,
y la añoranza eterna de una égloga mía
que se me muere en brazos, que ya no significa
lo que significaba, ni dice lo que vivo.
Quiero escribir dos mil páginas sin mirar
atrás, dos mil millones de caracteres sin
mirar atrás; no mires, corre, huye de ti,
de tu escritura, huye, de tus ideas, corre,
pero al final, igual que Orfeo, siempre miro
atrás, y con mirar, Eurídice se cae
sepultada en la culpa eterna de su amado,
y su amado, Orfeo, inquieto e impetuoso,
quemado por sus ansias de humanidad sin freno,
no consigue huir sin mirarla una vez más,
se consume en canciones en un bosque perdido,
el apartado bosque de Orfeo, lleno de rocas tiernas,
de rocas temblorosas que lloraron su pena,
donde lelos pastores azorados buscaban
fieras, donde yo busco (y todos los poetas)
terminar la maldita égloga trece que no
quiere terminar nunca, la maldición de la égloga
número trece que me sube y que se empina,
negras alcantarillas de versos y de epítetos
me suben por las piernas, una hiedra asesina
con un veneno rancio, por los pies, los costados,
y los médicos públicos, médicos asombrados,
no se atreven a darme la baja, no hay más casos,
sólo inútiles pruebas sin conclusión alguna,
sin lógica, y el duende se pavonea en todas,
por todas las radiografías, con su risa burlona.
Orfeo. ¡Oh, Orfeo! Permíteme sacar
al menos una imagen, una figura digna.
Me estoy jodiendo el cuerpo, la postura y el cuerpo,
la muñeca y la espalda; y este silencio de Alba
aquí al lado leyendo quién sabe el raro cuento
de los moros sufíes tan delicados, cultos,
y tan inteligentes que no se repitieron
ni se repiten desde quién sabe cuántos siglos.
Gangalot conoció a los sufíes bien,
en los oscuros ojos de aquella sarracena,
y lo perdieron para siempre, no le importó
nunca más la vergüenza, tampoco la familia.
Hubiera descendido a los infiernos para
resguardarse de todos, para tenerla allí
en su apartada alcoba, libre de los decires,
porque ese es el problema, por eso los poetas
quieren serlo: decires, espejo y brillo eterno.
El pobre Orfeo se consumió por su amada,
se consumió en canciones y devino leyenda.
A nadie importa si sonaban bien, sonaban
mal, porque es la leyenda lo que a todos les quema.
Buscan el bosque de latitud inexacta,
sólo percuten formas, figuras mal labradas,
buscan el tigre en su ojo y la pupila rasgada,
zambullida en el tiempo, en los lagos maltrechos,
la historia literaria, y acaso también buscan,
como en las oenegés, follar, buscan follar.
Yo no quiero follar, no quiero cuando escribo,
ni tampoco después, porque ya he follao antes.
A veces, solo a veces, hasta prefiero pajas,
la fantasía erecta de la íntima paja.
Y me he vuelto a encallar. Tengo la brasa entera
comiéndome la entraña porque quiero escribir,
pero me da pereza, y no sé qué poner.
No quiero escribir más, pero quiero acabar
mis versos y cerrar de una vez ese mundo
cerrado y andrajoso de mis versos, y quiero
quitarme la etiqueta gastada, el laurel
marchito de las sienes que siempre aflora como
un cartapacio viejo cada vez que me asomo
al espejo de siempre, un ejercicio sano
una gimnasia sueca que te deja agujetas
porque al espejo sólo te asomas tú, sin nadie.
Pero es siempre lo mismo: tú solo ante el espejo
o los pobres hebreos, la esclavitud eterna
y el eterno machismo, uno quisiera ser,
vivir el modernismo, pero no suena fácil.
Solo miro las teclas, tecleo velozmente,
como si las dijera, todo lo que me pasa
y lo que esto pensando (me he dejado la y griega)
antes de que me pase por la misma cabeza,
ya no pienso, tecleo; me llevo a teclear
el pensamiento acien por segundo sin comas
tal vez alcance así el cupo de mis versos
las teclas van incluso mejor que las ideas
ellas piensan por mí irremediablemente
pero otra vez no escribo figuras compungidas
ni ritmos primigenios y ese era el objetivo
último que me había autoimpuesto al sentarme.
Y en este instante pienso, pausa, pausa, me acuerdo,
podría recordar mis fantasmas aquellos
en los que nunca pienso, el sol sobre sus medias,
los grafitis del muro del Arno, una falda,
pero no me apetece, por eso me olvidé,
por eso no me viene nunca tu nombre cálido,
todo aquello murió y se acabó contigo.
Cinco, ocho, tres, siete. ¿Por qué no escribo números?
¿Por qué no son poéticos números al azar?
Cinco, ocho, tres, ocho, tal vez sea la clave
de la malignidad del mundo y no me paro,
no me detengo en él, ¿por qué no me detengo?
El cosmos está ahí, pausa, lo veo ahí
nada tiene sentido, ni seguir escribiendo
ni parar, pausa, pausa, veo el cosmos en pausa
tras pausa, asombrado, cinco, ocho, tres, cuatro,
se gastan las ideas y la piel, y los dedos
siguen siendo la cara de la princesa, barba
de princesa y sombrero, cucurucho real,
con un velo colgando emulando la trenza
colgando de la torre modernista, la torre
fantasiosa, la torre que me guarda y me acecha
con sus rostros de trapo que naufragan en un
rincón de mi memoria, esos nuevos romances
que no han llegado aún, cuatro, ocho, tres, siete,
está bien poner números, no hay nada malo en ello.
A lo mejor un día pueda encontrar la cábala
justa que me libere deste trance angustioso,
teclear negramente teclas en castellano.
Bukowski está riendo, se ríe en un rincón,
se ríe en las aceras, se asoma a esta pantalla,
a todas las pantallas y folios que utilizo
cuando quiero volver a escribir, cuando vuelvo.
Siempre temo volver, por su risa de perro,
por sus barbas de perro, por su lengua afilada.
Nunca hay necesidad, pero siempre termino
con su risa clavada amortajando el pecho.
Y cada vez que vuelvo a Moledo está él,
está el cadáver seco rondando por las églogas,
rondando los romances, las canciones de trapo,
habré de hacerlas cuando mis hijos sean ancianos.
Yo quisiera leer los nuevos cuentos suyos
(el nombre es lo de menos, él ya sabe su nombre),
pero están bloqueados. Tal vez escribiría
yo mejor, me inspirasen. Pero me da pavor
preguntarle, pedírselo, porque se me interpone
el orgullo, levanta murallas entre yo
y el muro, las personas somos tan deleznables…
Los cuervos son imagen poética en sí misma
en el Mediterráneo, y Nausícaa, y Alba,
y Ovidio recitando, y gritar hacia Roma,
y pedirle a los cosmos, a los mapas del cielo
que me busquen la ruta, que me manden un mail
o un pdf hacia el verso, hacia el ritmo,
la ruta hacia los versos. Recuerdo el Lizarrán
que vio nacer el mito, ese mito grotesco,
aquel de Garcilaso de la Perra, poeta,
tuvo más de poeta que poemas dejó.
Recuerdo aquella imagen de soledad sin freno.
Yo entonces escribía para no morir, para
arrancarme el silencio mental que me asfixiaba.
Ahora es diferente: friegas los platos, pones
la tele, barres, sacas la basura o te vas
a trabajar y dejas de estar contigo a solas.
Si quieres estar mal, preocupado, frente
al espejo, te tienes que esforzar, tecla a tecla,
porque no sale nada, te duele la cabeza,
porque te duele y ya. Orfeo, oh Orfeo,
¿Cómo lo hiciste, dime, frente a las rocas mudas,
las rocas plañideras, frente a todas las bestias
sin garras ni arboledas? ¿Qué hiciste para que
las fieras se volvieran roca y las rocas agua?
¿Pudiste perdonar los llantos de las fieras
que no te devoraron? Y pudiste callarte
para que te engulleran, pero ni tú podías
calmar toda tu pena, ni tu pena dejar
de calmar a las fieras.

CANTO XVIII

He pasado ya casi dos años con la voz
quebrada, con la voz olvidada en un' ánfora.
Ahora quiero cantar un canto, el más largo,
por una repentina nostalgia de Moledo,
porque tengo unas lágrimas y un hipo atravesado.
Y yo no sé si esto, recordando a Estellés,
es o puede llamarse 'canto', más bien es 'peno',
y quisiera escribir un 'peno' angosto y largo,
un 'peno' de mi lucha contra la desmemoria,
un 'peno' atemporal, un 'peno' tan rotundo
que me vacíe venas y escombros, un gran 'peno'
que me recuerde quién es Seiku, dónde Malla,
qué caminos anduve, por qué, qué me detuvo
y por qué insisto ahora en andarlos de nuevo.
Quizás haya caído otra vez en la trampa,
lo dejé dicho en un cuaderno, cualesquiera,
que "nueva vida, vida vieja". Ahora, pausa.
Necesito montar todos los aparejos.
Me veo en este ínterin sorprendido con notas
precisas y ordenadas de los próximos cantos
con letra fina y clara, el canto que ahora toca
como una campanada: "Canto de los cortejos".
Y rememoro a Atares, sus faldas polvorientas
y el cántaro vacío, su quietud de ascensor,
y quién sabe qué besos trenza sobre su amado.
Recuerdo a Mir Mollet, el gallo juvenastro,
agazapado y quieto tras un oscuro seto
como también ahora, canalla agazapado.
Golosean sus ojos ansiosos nuevamente
a la niña de Malla, le urge en su codicia.
Su pene le jalea relinchos desatados
y ya maquina hacerle peaje cuando llegue.
Y Seiku, héroe bobo, el héroe amodorrado,
el gran titán sin seso, podando y recogiendo
las hojas primerizas que colea el verano.
Héroe sin sueño, no osa siquiera fantasía
de la rubia heredera. Europa le ha encriptado
las sirenas, las ninfas. Tendrá que ser el canto
de sus voces ficticias las que arrastren al negro.
Ahora ya lo llaman en suave sottovoce.
Las ondinas se bañan a orillas de sus gafas,
al negro jardinero su deseo le cantan
y los cristales tapan en sus claras mejillas
el chapoteo alegre que en el agua imagina.
Tiene en el olmo fijos los ojos, en su sombra.
María en el almendro, con pasmo las miraba,
aquellas florecillas que almendras se tornaran.
¿Qué fue de aquel impulso? Ella a él más lo ama,
más lo quiere y consuela, más lo toma y complace,
mas ella a él ya menos, mucho menos lo arrastra.
Y se ejecuta el ánimo con su secreta culpa,
con una voz que no conoce, la voz ronca
y coja de Quevedo, la voz que no ha llegado,
la única que entiende, la que a él llegará
tarde, siglos más tarde, al hoyo de Moledo.
Mientras tanto, respira. Una aflicción lo oprime,
una aflicción brutal no sabe desde dónde.
Le oprime las espaldas y le engulle el estómago.
Y no encuentra el archivo, el alma.zip
de la que le habla el cura, la que le pide el cura,
la que le manda el cura que desarrolle y pene,
que abra a dios, que limpie de pecado, de culpa,
pero la tiene oculta, oprimida y oculta
en algún recoveco, en alguna carpeta
olvidada del cuerpo pecador, dice el cura,
pero no hay buscadores de archivos oprimidos,
no hay buscadores para la aflicción de los hombres,
para buscar el alma donde se encuentra el alma,
el alma.zip, quién sabe qué carpetas
le han comprimido dentro.
Tengo una sarracena. Gangalot la miraba.
Lleva meses y meses en este mapa mío.
Meses en que la mira, y siempre es la primera,
siempre es la misma escena, la tengo preparada.
Pero Malla se come los campos y las eras,
Malla se traga tardes con sus ojos de arena,
se traga los caminos, orina en la alegría.
Quiero hablar de sus hijos, quiero cantar sus suertes.
No siempre lo que toca es lo que más nos mueve.

CANTO XIX

Han encontrado un arca de petardos,
una bolsa de plástico del año
pasado. No recuerdan qué buscaban.
Los ha abducido el monte de su hallazgo.
"¡Aparta!" Mira el resto del camino,
la enorme pista seca y despoblada,
y vuelve a alzar la vista hacia el caballo.
"¿Dónde están tus hermanos?" "Pues supongo…"
Mir alza su mentón y su mirada
cae a sus ojos, halcón en picado.
"¡No me mires, bastardo!" Mir le escupe.
Mengua su cuerpo, mengua su respuesta:
"En la era." "¿También está tu hermana?"
Salta la liebre de su rostro al cielo,
le clava la sorpresa en su blasón.
"¡Que no me mires, maldito payés!"
Ellos cabalgan las aceras grises
ondeando en el cielo sus mecheros,
ondeando en sus bocas la sonrisa,
sonriendo en sus almas y en el aire.
Meten un carpintero en un bujero,
deslizan otro en un tubo de escape,
corren de esquina a esquina, de container
a júbilo, y explotan papeleras
y buzones, gravitan en portales,
topan con una vieja flaca, topan
con los matones del colegio, topan
con el brutal deshielo de su júbilo.
Ricolf no entiende el interés punzante
de aquél; y el gallo, que sí entiende el velo
de ecuación de primer grado del otro,
lo rebasa y le arrea un puntapié.

CANTO XX

Natalia sale, cola de caballo,
del gimnasio, fatiga y hormonas
del crecimiento, dulces proteínas,
también dulcísimos aminoácidos,
deleite de fatiga, y el descanso
del guerrero.
En casa está su novio amodorrado,
leyendo un tocho inglés, palabras raras,
versos dice que son, paridas le parecen.
Le preocupa la falta de ejercicio
dél: ya lleva semanas sin moverse
apenas. Llevan días que no follan
apenas. Y parece que también
apenas come, apenas la busca,
apenas es su novio que la quiere
que la desea que la mima que
sale los sábados por la mañana
con la bici, que sale por la noche
de fiesta, juntos, antes eran juntos,
hacían cosas juntos, vida juntos,
horarios juntos, pero ahora son,
parecen, compañeros de alquiler.
Le cuesta comprender la situación,
busca el origen del problema, dónde
empezó a bifurcarse
todo.
Pone en orden los datos que posee.
Se asoma a la baranda del balcón.
Carlos se acerca sigiloso por
la espalda con un tomo de Allen Ginsberg
y le atiza con Ginsberg en el culo,
la sorprendió con Ginsberg en el culo,
se soprendió después de que le diera.
Se marcha airada (¡Ginsberg! ¡¡¿Quién es Ginsberg?!!)
hacia su cuarto (¡¡¿Cómo/Qué le pasa?!!
¡¡Con un libro en el culo!! Con ese maricón
¡En su culo!)
(E.N.D.R.)*
Peso neto 82 kg
Hidratos de relación 60kg 1578600 kcal 76%
―-De los cuales poliinaislados 40 kg 1052400 kcal
Proteínas sexuales 5kg 367 kcal 0,9 %
Vitamina poética B97 12kg 0 kcal 134%
Vitaminas de PMP ** 5kg 0 kcal 98%
*Esfuerzo Neuronal Diario Recomendado
**Paja Mental Profunda

CANTO XXI

Ya penden los cortejos de las ramas repletas,
los picarán los pájaros, las gentes ya los cogen.
Han surgido las grúas de cenizas bancarias,
han resurgido sobre los cielos de Moledo,
sobre todos los cielos perezosos, escuálidos,
como el hongo gobiernan la amnesia los barrios.
En la nueva vendimia no hay uvas para todos,
y en el retrovisor colea la amargura
de volver.
Crujirá en cada paso un anhelo caduco,
aborto de nostalgia, crédula, e inocente,
en la manada de hojas de plátano del suelo.
Van hacia la casona de Bannalocha como
tantos fueron y fueron, ahora van, se orean,
la ruta que apacigüe la conciencia médica
pero no como fueron y fueron, no a las uvas,
no al ocaso estival: es más un rito bobo,
una ocurrencia joven que aborda a los ancianos,
la idolatría enjuta del cuerpo para siempre.
Pero los cuerpos fueron y han sido para nadie.
Gangalot lo sabía al final de su día,
su jornada acabada y pasea sin rumbo
el camino entre campos vecinos, los cipreses,
huele las eras, oye las eras en el aire
llevadas por canciones de jornal, et labora,
ellos trillan y trillan, ellas recogen grano,
y se descubre entonces sin rumbo y sin veleta
porque su vida no tiene rumbo ni fin,
su corazón no tiene caminos, todo es campo,
toda su vida son campos que nadie ha arado,
lomas desnudas donde crece su estupidez,
su fantasía enorme, y se para, de golpe,
en el grupo cercano de moras, et labora.
Canta la sarracena al son de su tarea.
Dale al mayal, jornalero,
maja la mies de la era.
Dale al mayal, dale al palo,
coge el grano, jornalera.
El insecto nocturno de su pecho le late
hacia las notas blancas, brillantes, de la chica.
Acude sin remedio a las luces, acude,
al canto della acude, acude a todas horas
porque ya los relojes se han rebelado al tiempo
de sus venas, y sólo le fluye el acudir,
acudir por los miembros insomnes de su cuerpo.
Y le dice torpemente: yo… tú… esto… nosotros
Y ríe la muchacha mudamente, y espera
la embestida sin cauces que se embuda en su boca.
Tú… a mí… yo… tus ojos… y revienta la chica,
explota una risita de enorme musaraña.
Toma el cesto a una mano, lo apoya en su cadera,
al reanudar la marcha lo mira de reojo.
Gangalot piensa imágenes, se atraganta en el miedo:
"Tengo tu forma por todo mi cuerpo
y un sabor de corceles sin camino
me corrompe el estómago."
Pero no sabe el verbo, no sabe la palabra,
y la muchacha como si supiera su idea
posa su mano sobre el antebrazo dél
como un hechizo antiguo y raro que lo lleva
levemente al pajar que hay junto a las encinas.
Sofía arroja a Seiku su candidez de acero
que aprendió cuando niña porque ya era de niña
un monstruo de belleza indómita e insaciable,
porque ya no se enseña De Kooning en el cole,
los detractores niegan a De Kooning sin fecha.
No hay carteles ni pósters, no hay De Kooning ya nunca
y Seiku tiembla como un turista inocente,
no hay dripping en el bus, no hay brocha en los eslógans,
no está el señor, no está tampoco la señora,
pero ella le da encargo de reanudar la obra.
"Sé de tus manos fuertes, y sé de tu destreza,
porque te he visto muchas veces mientras trabajas."
Se le va la atención, se le silencia el mundo
al aleteo mudo de sus labios volar,
el parloteo sordo de su boca encarnada.
"Tienes que venir pronto, que son muchas las formas:
Tienes que darle al seto la forma del deseo,
porque el deseo tiene formas, todas distintas,
y yo las quiero todas."
Atares llena los cántaros, uno en cada cadera,
mira sin mirar cómo cae el chorro infinito,
piensa en su Joan que espera y entonces siente cómo
su corazón se llena.
Mir aguarda embobado que acabe su tarea.
"Si tú quisieras, sabes que tu padre y mi padre…"
Ella lo esquiva, clava sus ojos en la sombra.
"Piensa que yo… por ti… sería ventajoso
para todos, tu padre no se preocuparía
más por nada, seríamos familia y la familia…"

CANTO XXII

Ya caen de las higueras frutos picoteados:
María entre las sombras del día los recoge,
encelada en las sombras, recortada en las ramas.
Malla angosta sus ojos, busca en el horizonte
sobre las negras lomas las estelas por venir,
los siglos por venir, los futuros aviones.
Y repara un momento en la figura gacha
de María en la sombra
como un mural pintado en la capilla humana.
Se levanta con un higo que le acerca en la palma
y al llegar hasta él lo abre como un nenúfar.
Un orgasmo de dedos pringados y de carne
de higo, y ponerse el jugo de los higos
en los labios del otro, en la boca del otro,
diez mil cielos de lengua, cielos de adolescencia,
con el rubor recién caído de los árboles.
En los setos orea la rabia, Seiku poda
los setos, les orea su rabia con el clac
de las tijeras, clac, en los setos, clac
de la rabia entre dientes, clac de las tijeras.
La niña pija mira, lo mira, lo comprueba,
supervisa la orden, caprichosa la niña,
la fiesta de la niña. Seiku no sospecha
el tamaño real del clac de su capricho.
Bajan horas y luces, revolotean horas,
rompen las luces tenues el cielo en las montañas.
Detrás del último seto se encuentra a la muchacha
espesamente blanca y el fulgor en el pubis.
Seiku es ojos abiertos, alondra y embeleso,
y le aprieta una angustia de óxido y pantalones,
de cinturón sellado y norias de quietud.
Ella sonríe y brilla.
María le extenúa los últimos caminos
de mermelada de higo y lo mismo hace Malla
apurando glotón las semillitas dulces
aún desperdigadas por toda su entrepierna.
Seiku como un manglar expandido en la hierba.
La chica admira el pene, su pene como un silo:
se le cae derrotado de admiración el belfo.
En el suelo, el belfo, arrodillado al mundo,
adora la raíz del monolito oscuro,
roza el cielo, ansía celeste su deseo.
Atares ya por fin no sabe más palabras
delante de su Joan que la esperaba entero.
Ella le desanuda la impaciencia de la camisa sucia,
él le sacude el polvo de los faldones negros,
le sacude el esparto ansioso de los pies,
le sacude sediento el aire acalorado
y se tumba la chica como ramas del roble
sobre el aguijoneo de las hojitas secas.
Y desoyen el canto de aquel condón usado
que será en esos mismos matorrales sin nombre.

CANTO XXV

En la charca el crepúsculo empalaga las aguas:
la rana busca el beso, los novios el nenúfar,
el mosquito perturba la calma de la balsa,
la antigua dinastía de los grillos inunda
el aire con sus trovas, va inundando el tiempo
y suena la mandanga.
Da igual Platón, que Kant bajo el brazo u Ortega.
Yo creo, luego sé; ellos creen en mi credo,
luego saben; que yo somos yo y mis contactos.
Y así marchan, rezando su rosario a los templos.
Los followers llevan ramos de decimales
y cráneos de Quevedo al sacro Porcentaje,
mientras en los suburbios del IVA dos mendigos
recogen las olivas caídas en la acera.
Tres muchachos esbeltos se suben a la cima
de un vídeo de Youtube y silban cabriolas
sobre el rostro poroso de un mensajero gris.
Llevan en la solapa fulgores de otras lágrimas.
Han derrotado al CARPE y se follan el DIEM.
Malla escucha el sonido afilado del grano
saco y saco tras saco cargado en la carreta.
Ya lo tienen sus hijos todo atado,
listo para el Abad, que se figura gordo,
aunque nunca lo ha visto.
Roser ve su figura, sus volúmenes nuevos,
la hipoteca del cuerpo y el interés creciente
de sus caderas fofas, de su barriga enorme.
Caminos polvorientos, caballos y caminos,
suena el eco dejado y seco en el umbral
del recuerdo de Malla, la sombra de un jinete,
y se pregunta si su padre lo sintió
marchar, echarse al fondo de los caminos como
siente él que sus hijos se están marchando ahora.
Y se pregunta ella si tanta deuda sirve,
si habrá quien pague todas las cuentas y facturas
que habrá de echarle el mundo a su espalda ya de otros,
porque algo se ha hundido a los pies de Moledo,
algo ha quedado abierto.
Los adultos como ella no han entendido qué,
y ella tampoco, pero intuye una pequeña llama
cargada de rencor que se gesta en su seno.
Intuye
que tanta antorcha, tanto fuego sin aranceles,
busca la ruta negra que perfiló Teseo.
Intuye
que no habrá agua para todos los que serán
y entonces para qué semillas y cosechas.
¿Para qué, para quién hipotecarse hoy?
¿Por qué esta entregazón que la anula por siempre?
Intuye
a los chicos, las chicas, que ya palpan las túnicas
de Nihil,
y que han colgado al Norte en la Plaza del Perro
en círculos concéntricos de alcohol y marcha atrás.
Pero Roser no entiende la sordidez del mapa
porque ya se le fue la pascua todavía,
y Alicia en un rincón de su primera regla
comprende con intenso asco que su mejor amiga
se ha llevado a su novio
por las dulces verbenas del Cero y el verano.

CANTO XXXIX

Eco transita sola por las calles del invierno,
su cuerpo antes de ninfa vaga por los febreros
grises, los engañosos marzos y las semanas,
los vientos iracundos de la carne y el tedio.
Eco por las placitas y cuencos para gatos,
por las grandes macetas de los balcones mustios
de la flor tronchada detrás de la baranda.
Eco por el andén, por las ojeras hondas
de los trabajadores y de los estudiantes,
en las barbas de cuadros incesantes del hipster,
en la repetición de los flecos del toldo.
Busca en los ojos jóvenes pero ya nadie busca
otros ojos
y encuentra parapetos en las frentes tan gachas,
Eco desde el arbusto, camuflada en la nada.
Eco desde el follaje del olvido
ve a su amado por todas partes, en cada hombre,
cada mujer,
ve otra vez y una vez las aguas contemplarse
ansiando la opinión.
Eco sin cielo busca la estufa de los bares
y halla como respuesta febrero o más febrero,
y el estertor vacío de las redes sociales.

Esta edición de Cantos moledanos se ha imprimido desde www.pablo.poderna.com el día 19 de abril del 2017.