CANTO XXV

En la charca el crepúsculo empalaga las aguas:
la rana busca el beso, los novios el nenúfar,
el mosquito perturba la calma de la balsa,
la antigua dinastía de los grillos inunda
el aire con sus trovas, va inundando el tiempo
y suena la mandanga.
Da igual Platón, que Kant bajo el brazo u Ortega.
Yo creo, luego sé; ellos creen en mi credo,
luego saben; que yo somos yo y mis contactos.
Y así marchan, rezando su rosario a los templos.
Los followers llevan ramos de decimales
y cráneos de Quevedo al sacro Porcentaje,
mientras en los suburbios del IVA dos mendigos
recogen las olivas caídas en la acera.
Tres muchachos esbeltos se suben a la cima
de un vídeo de Youtube y silban cabriolas
sobre el rostro poroso de un mensajero gris.
Llevan en la solapa fulgores de otras lágrimas.
Han derrotado al CARPE y se follan el DIEM.
Malla escucha el sonido afilado del grano
saco y saco tras saco cargado en la carreta.
Ya lo tienen sus hijos todo atado,
listo para el Abad, que se figura gordo,
aunque nunca lo ha visto.
Roser ve su figura, sus volúmenes nuevos,
la hipoteca del cuerpo y el interés creciente
de sus caderas fofas, de su barriga enorme.
Caminos polvorientos, caballos y caminos,
suena el eco dejado y seco en el umbral
del recuerdo de Malla, la sombra de un jinete,
y se pregunta si su padre lo sintió
marchar, echarse al fondo de los caminos como
siente él que sus hijos se están marchando ahora.
Y se pregunta ella si tanta deuda sirve,
si habrá quien pague todas las cuentas y facturas
que habrá de echarle el mundo a su espalda ya de otros,
porque algo se ha hundido a los pies de Moledo,
algo ha quedado abierto.
Los adultos como ella no han entendido qué,
y ella tampoco, pero intuye una pequeña llama
cargada de rencor que se gesta en su seno.
Intuye
que tanta antorcha, tanto fuego sin aranceles,
busca la ruta negra que perfiló Teseo.
Intuye
que no habrá agua para todos los que serán
y entonces para qué semillas y cosechas.
¿Para qué, para quién hipotecarse hoy?
¿Por qué esta entregazón que la anula por siempre?
Intuye
a los chicos, las chicas, que ya palpan las túnicas
de Nihil,
y que han colgado al Norte en la Plaza del Perro
en círculos concéntricos de alcohol y marcha atrás.
Pero Roser no entiende la sordidez del mapa
porque ya se le fue la pascua todavía,
y Alicia en un rincón de su primera regla
comprende con intenso asco que su mejor amiga
se ha llevado a su novio
por las dulces verbenas del Cero y el verano.