CANTO XXI

Ya penden los cortejos de las ramas repletas,
los picarán los pájaros, las gentes ya los cogen.
Han surgido las grúas de cenizas bancarias,
han resurgido sobre los cielos de Moledo,
sobre todos los cielos perezosos, escuálidos,
como el hongo gobiernan la amnesia los barrios.
En la nueva vendimia no hay uvas para todos,
y en el retrovisor colea la amargura
de volver.
Crujirá en cada paso un anhelo caduco,
aborto de nostalgia, crédula, e inocente,
en la manada de hojas de plátano del suelo.
Van hacia la casona de Bannalocha como
tantos fueron y fueron, ahora van, se orean,
la ruta que apacigüe la conciencia médica
pero no como fueron y fueron, no a las uvas,
no al ocaso estival: es más un rito bobo,
una ocurrencia joven que aborda a los ancianos,
la idolatría enjuta del cuerpo para siempre.
Pero los cuerpos fueron y han sido para nadie.
Gangalot lo sabía al final de su día,
su jornada acabada y pasea sin rumbo
el camino entre campos vecinos, los cipreses,
huele las eras, oye las eras en el aire
llevadas por canciones de jornal, et labora,
ellos trillan y trillan, ellas recogen grano,
y se descubre entonces sin rumbo y sin veleta
porque su vida no tiene rumbo ni fin,
su corazón no tiene caminos, todo es campo,
toda su vida son campos que nadie ha arado,
lomas desnudas donde crece su estupidez,
su fantasía enorme, y se para, de golpe,
en el grupo cercano de moras, et labora.
Canta la sarracena al son de su tarea.
Dale al mayal, jornalero,
maja la mies de la era.
Dale al mayal, dale al palo,
coge el grano, jornalera.
El insecto nocturno de su pecho le late
hacia las notas blancas, brillantes, de la chica.
Acude sin remedio a las luces, acude,
al canto della acude, acude a todas horas
porque ya los relojes se han rebelado al tiempo
de sus venas, y sólo le fluye el acudir,
acudir por los miembros insomnes de su cuerpo.
Y le dice torpemente: yo… tú… esto… nosotros
Y ríe la muchacha mudamente, y espera
la embestida sin cauces que se embuda en su boca.
Tú… a mí… yo… tus ojos… y revienta la chica,
explota una risita de enorme musaraña.
Toma el cesto a una mano, lo apoya en su cadera,
al reanudar la marcha lo mira de reojo.
Gangalot piensa imágenes, se atraganta en el miedo:
"Tengo tu forma por todo mi cuerpo
y un sabor de corceles sin camino
me corrompe el estómago."
Pero no sabe el verbo, no sabe la palabra,
y la muchacha como si supiera su idea
posa su mano sobre el antebrazo dél
como un hechizo antiguo y raro que lo lleva
levemente al pajar que hay junto a las encinas.
Sofía arroja a Seiku su candidez de acero
que aprendió cuando niña porque ya era de niña
un monstruo de belleza indómita e insaciable,
porque ya no se enseña De Kooning en el cole,
los detractores niegan a De Kooning sin fecha.
No hay carteles ni pósters, no hay De Kooning ya nunca
y Seiku tiembla como un turista inocente,
no hay dripping en el bus, no hay brocha en los eslógans,
no está el señor, no está tampoco la señora,
pero ella le da encargo de reanudar la obra.
"Sé de tus manos fuertes, y sé de tu destreza,
porque te he visto muchas veces mientras trabajas."
Se le va la atención, se le silencia el mundo
al aleteo mudo de sus labios volar,
el parloteo sordo de su boca encarnada.
"Tienes que venir pronto, que son muchas las formas:
Tienes que darle al seto la forma del deseo,
porque el deseo tiene formas, todas distintas,
y yo las quiero todas."
Atares llena los cántaros, uno en cada cadera,
mira sin mirar cómo cae el chorro infinito,
piensa en su Joan que espera y entonces siente cómo
su corazón se llena.
Mir aguarda embobado que acabe su tarea.
"Si tú quisieras, sabes que tu padre y mi padre…"
Ella lo esquiva, clava sus ojos en la sombra.
"Piensa que yo… por ti… sería ventajoso
para todos, tu padre no se preocuparía
más por nada, seríamos familia y la familia…"