CANTO XVIII

He pasado ya casi dos años con la voz
quebrada, con la voz olvidada en un' ánfora.
Ahora quiero cantar un canto, el más largo,
por una repentina nostalgia de Moledo,
porque tengo unas lágrimas y un hipo atravesado.
Y yo no sé si esto, recordando a Estellés,
es o puede llamarse 'canto', más bien es 'peno',
y quisiera escribir un 'peno' angosto y largo,
un 'peno' de mi lucha contra la desmemoria,
un 'peno' atemporal, un 'peno' tan rotundo
que me vacíe venas y escombros, un gran 'peno'
que me recuerde quién es Seiku, dónde Malla,
qué caminos anduve, por qué, qué me detuvo
y por qué insisto ahora en andarlos de nuevo.
Quizás haya caído otra vez en la trampa,
lo dejé dicho en un cuaderno, cualesquiera,
que "nueva vida, vida vieja". Ahora, pausa.
Necesito montar todos los aparejos.
Me veo en este ínterin sorprendido con notas
precisas y ordenadas de los próximos cantos
con letra fina y clara, el canto que ahora toca
como una campanada: "Canto de los cortejos".
Y rememoro a Atares, sus faldas polvorientas
y el cántaro vacío, su quietud de ascensor,
y quién sabe qué besos trenza sobre su amado.
Recuerdo a Mir Mollet, el gallo juvenastro,
agazapado y quieto tras un oscuro seto
como también ahora, canalla agazapado.
Golosean sus ojos ansiosos nuevamente
a la niña de Malla, le urge en su codicia.
Su pene le jalea relinchos desatados
y ya maquina hacerle peaje cuando llegue.
Y Seiku, héroe bobo, el héroe amodorrado,
el gran titán sin seso, podando y recogiendo
las hojas primerizas que colea el verano.
Héroe sin sueño, no osa siquiera fantasía
de la rubia heredera. Europa le ha encriptado
las sirenas, las ninfas. Tendrá que ser el canto
de sus voces ficticias las que arrastren al negro.
Ahora ya lo llaman en suave sottovoce.
Las ondinas se bañan a orillas de sus gafas,
al negro jardinero su deseo le cantan
y los cristales tapan en sus claras mejillas
el chapoteo alegre que en el agua imagina.
Tiene en el olmo fijos los ojos, en su sombra.
María en el almendro, con pasmo las miraba,
aquellas florecillas que almendras se tornaran.
¿Qué fue de aquel impulso? Ella a él más lo ama,
más lo quiere y consuela, más lo toma y complace,
mas ella a él ya menos, mucho menos lo arrastra.
Y se ejecuta el ánimo con su secreta culpa,
con una voz que no conoce, la voz ronca
y coja de Quevedo, la voz que no ha llegado,
la única que entiende, la que a él llegará
tarde, siglos más tarde, al hoyo de Moledo.
Mientras tanto, respira. Una aflicción lo oprime,
una aflicción brutal no sabe desde dónde.
Le oprime las espaldas y le engulle el estómago.
Y no encuentra el archivo, el alma.zip
de la que le habla el cura, la que le pide el cura,
la que le manda el cura que desarrolle y pene,
que abra a dios, que limpie de pecado, de culpa,
pero la tiene oculta, oprimida y oculta
en algún recoveco, en alguna carpeta
olvidada del cuerpo pecador, dice el cura,
pero no hay buscadores de archivos oprimidos,
no hay buscadores para la aflicción de los hombres,
para buscar el alma donde se encuentra el alma,
el alma.zip, quién sabe qué carpetas
le han comprimido dentro.
Tengo una sarracena. Gangalot la miraba.
Lleva meses y meses en este mapa mío.
Meses en que la mira, y siempre es la primera,
siempre es la misma escena, la tengo preparada.
Pero Malla se come los campos y las eras,
Malla se traga tardes con sus ojos de arena,
se traga los caminos, orina en la alegría.
Quiero hablar de sus hijos, quiero cantar sus suertes.
No siempre lo que toca es lo que más nos mueve.