CANTO XV

Se tumba sobre el heno: me ahogan estas tierras,
este mismo horizonte. Ellos han encontrado
en el suelo, vencida por el tiempo,
una peseta vieja, con un rostro
extravagante, gordo e indescifrable.
Sus ojos regurgitan enramadas enteras
de moluscos sin seno, de playas sin océano.
Nunca ha pensado apenas. Se le acaba el camino.
Siempre ha sabido que hay días y días,
y nada más que días, mañana será hoy,
y hoy tras hoy, mañana será hoy.
Una sangre de otoño, una sangre una sangre,
como un enjambre de semen oscuro,
se agolpa tortuosa, una sangre de otoño,
afilada y oscura.
Las costras del invierno arrastran quejas
en el largo sermón del río.
Ya no quedan más días para hoy,
ya no hay más hoy para mañana.
Llevan sus camisetas de Romario.
Sus camisetas de anchas franjas azul y grana:
las llevan con orgullo;
con el orgullo ajeno de sus goles.
Pero se encuentran de pronto al maestro
―El Rafa―
y se les hiela el pecho de aritmética:
un dolor de cuaderno de verano
les tortura el estómago.
El brillo artificial de la ventana al mundo,
porque tras el cristal es la lluvia de siempre,
la lluvia que no llega apenas a Moledo, esta lluvia delgada
―esta lluvia esta lluvia―,
que se traga esta tierra porque pagan la cuota.
Volveré a ver Moledo, volveré a pasear
entre los pinos secos,
por entre los caminos derrotados.
Volveré a las terrazas de la Rambla
a saludar de pronto a conocidos
de los que no sabía nada ya
y volveré a luchar con las hormigas
que se atrincheran en el fregadero.
Malla pregunta al cielo: por costumbre,
por la extraña costumbre de evitar a los muertos.
Pregunta no muy alto, porque no tiene claro
a quién va preguntando.
Y de pronto: la nada. Oye escucha: la nada.
Y pregunta de nuevo, pregunta con más ímpetu
y se apoderan dél las vestales del Cero
y las cuentas bancarias de Shanghai;
los afilados arcos de cada interrogante
le acechan el gaznate;
y pregunta, pregunta
ya no en silencio, ya una tromba de gritos,
una tromba de voces
entre la espada y la pared,
la pared y la nada.
Suena el himno del Cero
y los adoradores de Nihil
queman los calendarios, los relojes,
por su vientre sin tiempo.