CANTO XIV

Cualquiera que pasee por Moledo
podrá oler el rebuzno torrefacto
por sus parques vencidos y sus ramblas grises.
¡Oh, Moledo trufado
de las bocinas negras del cáncer en la plaza!
¡Pletórico Moledo! Tú que has visto
las infecundas cosechas de ofertas
y el silencioso gas de las descargas.
Tus aires encharcados ya anegaron
los pulmones de Malla y de sus hijos
atrapados por siempre en tus rotondas.
El flexo le recorta la figura
pringando con su sombra la pared:
sus dedos largos y facinerosos
y su nariz, recuerdo de la usura.
Él, tan señor, no sabe dónde queda Moledo;
sólo sabe que allí malvive el negro
en una encinta y gorda madriguera.
Seiku se allega al banco con sus largos compadres.
No saben lo que fue la Mauritania.
No saben quiénes fueron los romanos.
Pero tienen clarísimo que son
moros. Tienen clarísimo el odio
ancestral. Tienen largas cicatrices
que lo atestiguan.
Saben el nido de bocas pequeñas
que esperan en la casa, que pueden mantener,
las boquitas paridas de una amante esposa
que pudieron traer consigo.
Él macera su vientre ante los portones
oscuros de la envidia
en la estancia más alta de su torre.
Regurgita egagrópilas de anhelos,
deseos consumidos por el tiempo.
Él, tan señor, imprime unos cálculos
dudosos, unos cálculos mediocres.
Sueña las fallas valencianas, sueña
unos arroces libres de ecuaciones,
libres de la impostura de la ley.
Es la séptima noche en el despacho.
Por la Avenida Rívoli trascienden los sudores.
Marchan sin tregua hasta los bancos sucios.