CANTO XII

Nubes como rebaños espesos de compresas.
La señora en su espléndida ligereza de blusa,
de camisola abierta, asomada al balcón.
Un día callarán mis versos, tal vez sea
un día triste, quién sabe, las circunstancias
habrán de silenciarlos, borrarán su sentido.
La señora, sus piernas perfectamente blancas,
fuma despreocupada, más allá de su casa,
más allá de su todo, del jardinero negro
que escruta entre sus piernas su coño de señora.
Los callarán sin nada, no harán ni dirán nada,
estos versos que acaso resuenan en Moledo.
Las faldas de su blusa flotan ligeramente
entremostrando apenas las espigas rizadas.
Sus ojos no conocen el pudor de Occidente
y en su barrio no saben humillar el deseo.
Mir segundo tampoco conoce los pudores
ni falta que le hace. Va trotando cañadas
poseyéndolo todo con su dura mirada.
Estos cantos que yo los quisiera sonoros,
adheridos al polvo, a las rocas villanas
como un estigma negro, como un Moledo siempre,
los llevará una inercia gris y monstruosa.
Un calor parrandero de siesta sudorosa.
Seiku angosta los setos con las grandes tijeras,
con la densa labor de podar el verano.
El aire convertido en rama dura y seca,
el mismo aire graso que en el balcón se endulza
y se estremece suave entre sus firmes piernas.
Ya se fue la niña larga,
la mañana de San Juan.
Los que quieran olvidarla,
aunque quieran, no podrán.
Mir campea los bosques de pinos de Gallecs
ondeando la cresta de su orgullo feudal.
Arrastrado al calor, su caballo, trotón,
ahoga entre las secas agujas de los suelos
sus cascos sin sazón, sin son, sin ilusión.
El muchacho se apea, buscándose reposo
en un tronco vencido en el lecho arenoso.
Imagina una presa que le engarfie los ánimos:
un alegre conejo, una orejuda liebre.
Los sudores lo embarcan en la grave modorra.
Ya se fue la niña larga,
la mañana de San Juan.
El sueño o la cigarra le traen una canción
que no es de los payeses, ni de pesada siega.
Entre los trinos pochos y la sorda autopista
se quedarán mis cantos, que quisiera con eco.
Con la aguda pericia del cazador ansioso
acude al verso dulce que acaso fantasea.
Atares a los vientos, Atares con su ofrenda,
el agua fresca y clara de su voz de campiña.
Mir, del ansia de la carne del todo embrutecido,
repta hasta el pegajoso trono de la vileza:
anuda su caballo a la rama de un pino
y espera en los arbustos que orillan el camino.
La quiere suya como quiere suya la hacienda
de su buen padre el día que se la legue toda,
y azuza su entrepierna con un rito de sátiro.
Abre las puertas negras de su tosca perfidia,
pero al segundo Mir le traicionan, de pronto,
músculos y tendones, encelado en las sombras,
y sólo puede verla marchándose a casa.
Ya se fue la niña larga,
la mañana de San Juan.
Los que quieran olvidarla,
aunque quieran, no podrán.