CANTO X

Las viejas, negras, verjas del viejo Legionario
y los muretes grises y el eco del verdín,
con garras de cristal, con alambre de espino.
Pasan la vista lenta, como el clac-clac de un palo,
pero no osan tocarla, y aguantan el aliento.
Huyen despavoridos ante la cruda imagen,
la retorcida imagen de Cristo en la pared
y su humillada corte de rojos feligreses,
balones perdidos que rezan a sus pies.
Pasan de largo y toman la acera de la Rambla.
Sortean a las viejas, los plátanos, los bancos,
derrapan en la esquina que embiste hacia la Plaza.
Las bicis reclinadas en las enormes losas,
pedestal y escalera de la fuente orillada,
de un lado, de las mesas y sillas del Marfá.
Se sacian en los grifos donde cuentan que perros
se han saciado antes que ellos, antes que nadie, antes.
Las fuentes de la calle, todo el mundo lo sabe,
la inauguran un perro o el alcalde en su nombre.