CANTO VIII

Las chozas secas del poblado seco,
negras, deshechas, arruinadas, pobres.
Las ramas alargadas como un moco
negro y débil, las cabras alargadas
como pezones viejos y gastados.
Se oye correr la arena del arroyo,
la sombra del arroyo y el murmullo
blando de la sequía.
Pastan las vacas escuálidas, cantan
las calaveras blancas de las vacas,
a coro, junto al cadáver del mono:
"Sémola, sémola, te arrebatarán
la tierra, la tierra, pero no podrán
arrebatarte la muerte.
Sémola, tu poblado ya no vive,
sémola, sémola, toda tu estirpe.
Sémola, sémola, tu negra choza,
sémola viva, rama y sombra."
De nuevo en su colchón de todos ellos.
En el grave silencio, con sus manos
huecas lo zarandea lentamente.
Seiku lo mira. Mira su nariz
negra y madura, la boca en penumbra,
la leve luz de la calle en su frente.
Va al comedor a despegarse el sueńo
de la piel, de los párpados, se sienta
en el único hueco sin cojín
del sofá. Los demás, sus compańeros,
sus caras de ajedrez bajo la lámpara,
cuentan monedas y billetes, cuentan
los gastos de la compra de mańana.
Ve sus caras de gárgola, sus dedos
ciegos como gusanos, torpes, lentos,
reptando entre los números, las cifras,
que escapan ante sus ojillos pálidos.
En el rostro bestial de las monedas,
en las estrellas y perfiles, brilla
una mueca, la risa del banquero.