CANTO III

Seiku, secretamente agradecido,
deja caer sus ojos cartoneros
en picado a los pies de su señor.
Clavan maderos en el grueso tronco,
uno tras otro en la gruesa corteza
del olmo solitario. Clavan, clavan,
enormes gotas de sudor con cada
clavo, cerca de las primeras ramas.
Fantasea las flores del almendro.
Atares, su hija mayor, lleva un gran
jarro con agua en la cintura, lleva
un aroma de trigo en las mejillas.
La ve bajar por el camino seco
y ve a María junto al pozo, joven,
la misma cabellera suelta, negra,
y aquella brisa cargada de almendros.
Seiku asume el rastrillo y las tijeras
de la poda; las hojas y las hierbas.